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JORGE ABBONDANZA
Ciertas películas parecen hechas para sentarse a verlas con un balde de pop, como decía un colega hace pocos días. No hay nada malo en la levedad de esos pasatiempos, que en todo caso sólo comprometen las capas superficiales de las emociones del espectador y por lo tanto constituyen -en el sentido literal del término- una distracción, es decir "un espectáculo o juego que sirve para el descanso", como indica el diccionario. Descansar así (con el balde en la mano) puede ser una manera razonable de distenderse luego de los apremios o dificultades que impone la realidad cotidiana, lo cual confiere a esas películas un sesgo no sólo llevadero sino también confortante, como el de una pequeña terapia en colores.
Lo que cabe discutir en cambio es la clase de hábito que esos pasatiempos van afianzando en el público. Suelen consistir, como ocurre por ejemplo con Batman o La momia, en un despliegue de efectos audiovisuales bastante espectaculares y en un aire parodial para el diseño de personajes y situaciones. Todo ello alivia la carga de interpretación que exigen a la platea, no solamente por tratarse de componentes vistosos, sencillos y externos, sino porque impiden tomar en serio el mundo que recrean, ya sea la futurología retro en uno de los casos mencionados o la antigüedad china en el otro. La consecuencia es un tipo de ensueño propicio al olvido del mundo real y parecido a la ligera embriaguez que provocan otros esparcimientos, desde los fuegos artificiales hasta los parques de diversiones.
Eso sin embargo genera un acostumbramiento que no siempre resulta fácil superar, porque se apoya en la simplicidad de los mecanismos que deben activarse para responder a los estímulos del espectáculo y gozar con él. Algo similar sucede cuando el lector opta por la materia elemental de las revistas o los best-sellers, en lugar de la densidad que proponen los maestros de la narrativa. Son formas opuestas de ejercitar el espíritu, con el agravante de que los ejemplos de fácil consumo no alimentan la capacidad de penetración de ese espíritu ni abren acceso a contenidos más hondos en la exploración del material elegido. Lo mismo pasa con el espectador cinematográfico que se limita a ver películas exteriormente llamativas pero huecas, atraído por el cómodo disfrute que promueven.
Por ese camino se pierde toda una esfera de revelaciones y descubrimientos, un juego apasionante en que la transparencia de significados permite entrar a otros planos de emoción y de placer. La forma en que El sueño de Casandra va dejando de ser una comedia de costumbres para asumir a través de su relato la índole devoradora de una historia criminal, o la manera en que el viaje de la heroína de El sabor de la noche se convierte gradualmente en el friso de toda una sociedad y de su gente, son sólo dos modelos de cómo el talento puede transformarse en un hilo conductor hacia el hallazgo de cosas que están más allá de la apariencia y son capaces de conmover el ánimo del espectador con una seducción infinitamente mayor que la gratificación epitelial de los pasatiempos, esos juguetes que se saborean y se vacían junto con el balde de pop.
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