Intendencia centenaria

El jueves pasado la Intendencia Municipal de Montevideo cumplió cien años. Los festejó bajo una carpa en la Plaza Cagancha, donde se ofreció a los invitados una enorme torta conmemorativa. Sin embargo, lo que debe averiguarse ahora es si ese centenario ha permitido mejorar la calidad de vida de los ciudadanos y si se han perfeccionado los servicios básicos que les presta la comuna. Los montevideanos viejos, integrantes de la generación armada de larga memoria que puede comparar el pasado y el presente, también son capaces de manejar puntos de referencia y hacer un balance al respecto. Saben por ejemplo que hace sesenta años la Intendencia recogía los residuos domiciliarios con carros tirados por mulas, cada familia colocaba su lata de basura frente a la puerta de calle y ahí mismo el recipiente era dejado por los funcionarios luego de vaciar su contenido en el carro municipal, después de lo cual pasaban los barrenderos y aún más tarde la barredora provista de una enorme rueda y chorros de agua, que dejaban cada cuadra impecablemente limpia.

Seis décadas después, ese servicio se ha descalabrado a pesar de los esfuerzos municipales por remediar el problema. Todo indica que la comuna ya no es capaz de recoger la basura que Montevideo deposita diariamente en la vía pública. Se ha privatizado una parte del servicio de camiones recolectores y se han colocado en muchas esquinas los contenedores que, en cierta medida, aliviaron el desparramo callejero de desperdicios, pero el sistema no permite a la Intendencia retirar la totalidad de lo que allí se vuelca. Por eso tolera -y hasta legaliza- el desfile de carros tirados por caballos que gracias a la tarea de adultos y de niños que van a bordo, se llevan una porción considerable de la basura montevideana luego de revolver, como en la edad de piedra, lo que encuentran en los contenedores, asistencia imperdonable que el silencio municipal acepta como si no existieran riesgos sanitarios y que poca gente toma en cuenta al estimar la incapacidad de la Intendencia para hacerse cargo de esas obligaciones.

Los habitantes de la ciudad, a quienes el sentimentalismo del folclore oficial ha bautizado como "vecinos", son en realidad los contribuyentes de cuyo bolsillo sale la montaña de dinero que financia a la Intendencia a razón de un millón de dólares de recaudación diaria. Son también los testigos de la incapacidad burocrática para encarar trabajos elementales (reparación de veredas y calzadas, alumbrado público, mantenimiento de parques, limpieza de calles, reposición de árboles), y así esos habitantes van sufriendo el efecto anestésico de la inoperancia oficial y se resignan a seguir pagando pesadas cargas -contribución inmobiliaria, patente de rodados, tasa de saneamiento, tributo domiciliario, tasa de necrópolis- a cambio de servicios que son más irregulares, más precarios, más impuntuales y más insuficientes de los que había hace seis décadas. Nadie aclara a los contribuyentes por qué sus obligaciones son cada día más voluminosas y sus beneficios cada día más reducidos. La mayor parte de lo recaudado se destina a pagar sueldos de una masa de miles de funcionarios que está mejor remunerada que el resto de la administración pública.

A las centenarias autoridades municipales habría que decirles que a cambio de todo lo que desembolsa la población de esta ciudad, la Intendencia debería mejorar prestaciones que hasta el momento resultan escasas, como la red de semáforos que desde hace mucho tiempo exige ampliaciones impostergables, porque hay ciertas esquinas que en las horas pico se convierten en un problema desesperante para los automovilistas. También se debería desplegar una inspección de tránsito que no se limitara a multar a los conductores, porque hay irregularidades muchísimo más graves que la falta de un cinturón de seguridad. Esa inspección debería ser capaz -aunque no parece dispuesta a serlo- de remediar la anarquía con que circulan varias categorías de vehículos, empezando por las bicicletas, las motos y los carros hurgadores, a quienes no se detiene para objetarles la marcha a contramano, la carencia de luces o los excesos de velocidad. Y eso sin hablar de la estética urbana, renglón en el cual los impresentables adefesios de las marquesinas del Centro deberían merecer medidas regulatorias que se anunciaron en algún momento y que jamás se aplicaron. Pero con cien años cumplidos, la Intendencia está demasiado vieja para tomar cartas en el asunto.

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