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Sergio Abreu
De esta forma fue denominada la reunión realizada en Bahía, en los últimos días. En ella, se superpusieron las Cumbres del Mercosur, del Grupo de Río, de la Unasur y la de América Latina y el Caribe. Treinta y tres países representados rotaron en forma desordenada en las distintas cumbres, tratando de ajustar sus posiciones y sus agendas. Esa multiplicidad de reuniones atentó contra su eficiencia y sus resultados. No faltaron las propuestas para unificar el Grupo de Río con la Cumbre de América Latina y el Caribe; el regreso de Cuba al primero y la aprobación de un Consejo Sudamericano de Defensa en el marco de Unasur que, como se sabe, ha sido ratificada por muy pocos Estados y no se encuentra jurídicamente en vigor.
El Uruguay ha participado de todas ellas, sin dejar de reconocer que la prioridad estaba en la Reunión del Consejo del Mercado Común y Cumbre de Presidentes del Mercosur, de las que se esperaban conclusiones que rescataran al proceso del predominante escepticismo en que se encuentra inmerso. En particular, cuando del juego de tantas nuevas organizaciones se desprende un debilitamiento del Tratado de Asunción de 1991 y una sensación de desgaste, no sólo del proyecto integracionista, sino también del "afectio societatis" de sus Estados Parte fundadores.
En otras palabras, esta situación de "fuga hacia adelante" está mostrando la enorme diversidad de objetivos entre los Estados de la región, la que agregada a la crisis internacional, financiera y económica proyecta sobre nuestros países preocupantes señales de fragilidad.
Las reuniones en Bahía fueron más un ejercicio de "terapia de grupo" que de toma de decisiones. Cada presidente realizó sus propuestas de acuerdo al humor y a la forma de entender el relacionamiento de la región, en especial, con los Estados Unidos. El Presidente Evo Morales propuso fijarle un plazo al país del Norte para poner fin al bloqueo a Cuba, bajo pena de retirar los embajadores latinoamericanos de Washington. El Presidente Lula Da Silva buscó una aproximación más gentil y advirtió sobre la inconveniencia de "lanzar los zapatos", recordando el episodio sucedido en Irak contra el Presidente Bush y a la espera de los mensajes de la nueva Administración.
Lo cierto es que la visión común de todos los países se resumió en un reclamo compartido contra los Estados Unidos, dejando de lado la cantidad de resoluciones que los empresarios y actores sociales aguardaban, en especial, los Miembros del Mercosur para desbloquear su penosa situación.
El Código Aduanero no fue aprobado y, menos aún, la eliminación del doble Arancel Externo Común; con lo que la profundización de la unión aduanera no sólo ha quedado por el camino, sino que ha perjudicado la credibilidad del proceso. Se ha demostrado una vez más, la falta de voluntad política para asumir compromisos efectivos, tanto en los temas referidos como para el tratamiento de las asimetrías dentro del bloque. Y como los fondos comunitarios son notoriamente insuficientes, el Uruguay y el Paraguay terminan siendo socios secundarios que por rescatar un Mercosur integral motivan el enojo de Brasil y Argentina, más allá del esfuerzo de éstos por disimular sus divergencias entre sus políticas comerciales, en especial en la "congelada" Ronda Doha.
Por supuesto que en ese permanente cambio de escenarios, ninguna de las reuniones de la "combocumbre" pudo concentrarse en resoluciones efectivas. Tal dispersión ha privilegiado los enfoques nacionalistas, internacionalistas e ideológicos que postergan el peso de la experiencia y la realidad, sobre todo cuando en medio de una crisis, países como el Uruguay, necesitan consolidar sus economías de vecindad y proyectarse hacia terceros mercados sin fracturar la esencia del Mercosur como bloque.
En ese contexto, ha quedado por el camino la seguridad de acceso a los mercados, la preservación de la competencia, el debido equilibrio en la captación de inversiones hacia los cuatro países y la flexibilidad para relacionarse hacia afuera del bloque, como parte de la madurez del proyecto, y no como respuesta a la fragilidad de su funcionamiento. Entre tanta declamación y discursos cruzados, los vínculos económicos han quedado limitados al comercio de bienes y se postergan, una vez más, los temas de infraestructura, logística, energía, turismo, protección ambiental y desarrollo del sector conocimiento, entre otros.
Consciente de esta situación, el novel Presidente del Paraguay, al asumir la presidencia Protempore, enfatizó "la importancia del rostro humano y la dimensión social de la integración", que sólo puede lograrse cuando las economías más grandes cumplen con sus obligaciones y asumen el concepto de prosperidad como el único motor capaz de fortalecer la dignidad humana.
El Presidente Vázquez tuvo la expresión más feliz de todas estas reuniones, cuando pidió a todos los mandatarios y países presentes que era hora de sustraernos al escapismo de hacer responsable al "imperio de turno" de todos los males que aquejan a la región. En sus palabras nos sentimos representados, aunque seguramente no muchos de sus seguidores políticos en el Uruguay, y sobre todo, en su reiterada negativa a apoyar al ex Presidente Kirchner como Secretario General de una organización que la mayoría de los países no ha puesto en vigencia.
Esto nos demuestra que luego de tantas ambigüedades en las que los principios de no intervención y autodeterminación han sido violados en forma sistemática en nombre de un latinoamericanismo semántico, el pragmatismo comienza a despertar, una vez más desde el Uruguay su legítima inquietud. La "combocumbre" ni siquiera se percató de que la crisis ya está instalada en la región, y que para salir de ella ya no basta con definir dónde está el enemigo, sino en encontrar caminos de modernización de nuestras economías y estrategias.
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