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Viernes 19.12.2008, 20:29 hs l Montevideo, Uruguay
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Editorial


[EDITORIAL]

Algo para imitar

Sería extraño que aquí, donde a los jóvenes se les hace creer que en las dos décadas transcurridas desde el levantamiento armado de los tupamaros para derrocar las Instituciones e imponer por la fuerza un gobierno socialista, hasta la restauración institucional del 15 de febrero de 1985 y que los buenos fueron los "revolucionarios" y los malos los que los combatieron, existan organizados pudiendo exteriorizarse, los familiares de las víctimas del terrorismo.

Todos los años salen a la calle activistas y familiares de desaparecidos a reclamar, invocando la violación de los derechos humanos. Y está bien que así sea, y es verdad que la dictadura violó esos derechos. Pero los terroristas que trajeron de la mano todo lo que vino después ¿no incurrieron en la misma violación? Entonces ¿por qué dejar que las banderas que son de todos se las apropien sólo algunos ?

Algo se hizo para evitarlo. Dos libros recientes "La agonía de la democracia" del Dr. Julio María Sanguinetti" e "Historias Tupamaras" de Leonardo Haberkorn y anteriormente el de Alfonso Lessa, aportan mucho para el esclarecimiento de la verdad, la imputación de responsabilidades, y para desenmascarar a los "héroes populares" que hoy están en el gobierno y pretenden perpetuarse en él. De su lectura surge una pregunta que nadie sabe o quiere contestar ¿Por qué se ataca a la ley de Caducidad y no a la ley de Amnistía que la precedió, concediendo el perdón a terroristas presos y bajo proceso, y además imposibilitando que se sepa que otros mataron, secuestraron y robaron ?

Esta inquietud viene al caso, porque en Argentina -nada menos que en Argentina- el pasado 10 de diciembre, al cumplirse el cuarto de siglo del retorno de la democracia, el Centro de Estudios Legales sobre el Terrorismo y sus Víctimas (Celtyv) celebró el acontecimiento como el DIA DE LOS DERECHOS HUMANOS, convocó a los familiares de esas víctimas de la subversión terrorista argentinos, y también chilenos, peruanos y uruguayos, que tienen que haber sentido como un golpe de fresco esta demostración de respeto, de dolor compartido, y de clara disposición a que la verdad se difunda en su versión completa. Para obstaculizarla, cientos de personas coparon plazas en nombre de los Derechos Humanos como si les pertenecieran en exclusividad, ataviadas unas con pañuelos blancos y otras sin tener idea de para qué estaban allí, pero todos a sabiendas de gozar de la tolerancia de los gobiernos de turno, en los que reciben subsidios, ocupan cargos y para quienes vale todo.

Pero nada de ello amilanó a los familiares de las víctimas del terrorismo, decididos ahora a hablar y reclamar justicia. María Victoria Paz, abogada, hija mayor de un empresario tucumano que luego de recibir exigencias de pagar el impuesto revolucionario a la organización Montoneros bajo amenazas de muerte en caso de no hacerlo, en un intento frustrado de secuestro cayó al suelo y fue ejecutado a balazos. El objetivo de esa conmemoración es el de mitigar el sufrimiento de la herida lacerante que deja el largo brazo del terrorismo, cuyos efectos se extienden en el espacio y en el tiempo. Para ello, la exposición de la verdad, de esa verdad que no interpreta los hechos ocurridos utilizándolos ideológica o sesgadamente, que se trastoca, desnaturaliza y arruina al convertirse en demagogia, y se manipula en forma antojadiza. Ese desafío impone una enorme estatura moral por la jerarquía del valor sobre el que trata, que no es otro que la del respeto a la vida humana sin distinciones.

No obstante ello, la gran pregunta, y el gran objetivo a conseguir debiera ser que esas secuelas de la violencia evolucionen desde el dolor, hacia un crecimiento y superación constructiva, no sólo para las víctimas, sino para toda la sociedad. Por eso no se puede permitir el maniqueísmo que glorifica a algunos muertos y que ignora a otros. "Todos los terroristas han sido indultados", observó María Victoria Paz "muchos de ellos ocupan cargos relevantes públicos, hoy están en el poder mientras la historia carga sobre las espaldas de jueces y fiscales la responsabilidad moral de optar entre el coraje o la cobardía, la conveniencia o los valores, la justicia o la política".

Mientras tanto aquí, bajo imputación de desacato especialmente agravado, a los desaforados que protagonizaron el escándalo en la barra del Senado los procesaron sin prisión.

Esta vez, nada de alarma social. La cancha está flechada a favor de los violentos.

El País Digital

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