Con razón se ha interpretado a la renuncia de Tabaré Vázquez a su afiliación al Partido Socialista, como ocurrencia inserta en la estación otoñal del Frente Amplio. Pero la trascendencia política del hecho en sí, considerada desde otro punto de vista y por fuera de ese contexto, puede también ser relativizada. Para la trayectoria del Presidente, su condición de socialista -como lo hubiera sido de comunista, emepepista, asambleísta, o partícipe de cualquier otro sector de la coalición de gobierno- no tuvo un valor diferente al de un carné acreditante de su militancia frente amplista. Fue una forma de integrarse y hacer carrera en el Frente. No se le conoce actuación militante ni integración en la estructura orgánica socialista. Y dentro del propio socialismo, si bien algunas opiniones lo lamentan, otras, como la de su Secretario General Eduardo Fernández, entienden que al partido no lo afecta. Puede tener razón.
Tabaré Vázquez es una personalidad conocida y prestigiosa en el ámbito de su actividad profesional ante todo. También en el deporte y es un vocacional, no sabemos si más allá de su conocida afición como entretenimiento, en el arte de la pesca. Su acceso a la política no tiene más de dos décadas de las casi siete que ha vivido y no fue precisamente por su condición de socialista que fue postulado como Intendente de Montevideo. En el plano departamental capitalino, el proceso de deterioro de los partidos tradicionales acompasado con el correlativo auge de la izquierda, fue más rápido que en lo nacional. ¿Qué aportó Vázquez para el éxito del Frente Amplio en las elecciones departamentales de Montevideo del 1989? Algunos dirán que carisma, ese don natural que tienen algunas personas para seducir por su imagen o sus expresiones. Pero el carisma personal no era ni siquiera necesario en aquél entonces, para que se diera un resultado electoral que se veía venir y que se cayó de maduro.
Algo diferente resultó su trayectoria posterior. La gestión de Vázquez como Intendente no dio para grandes elogios, no hizo nada que lo distinguiera, sino que al contrario. Allí comenzó el período ininterrumpido de administraciones frenteamplistas que se fueron sucediendo una tras otra para llegar a este estropicio que es el Montevideo de hoy. Pero su éxito electoral le dio una condición muy importante para una izquierda hasta entonces desplazada del poder: le dio el toque de ganador, que catapultó su liderazgo. De a poco, la conducción frenteamplista fue dando los pasos necesarios para que Vázquez desplazara de la condición de Presidente de la coalición a Líber Seregni. Y el propio ex intendente puso de lo suyo, cuando se cargó al hombro la oposición a una reforma constitucional muy apoyada por Seregni y por Astori, que los legisladores del Frente votaron en el Parlamento pero la fuerza política los desautorizó. Seregni -que notoriamente no superaba un techo de respaldo popular insuficiente para llegar al gobierno nacional- debió renunciar, desairado, desgastado, derrotado, y Vázquez lo sustituyó. Su condición de socialista quedó entonces desdibujada por el oropel de la presidencia del Frente, de proa al gobierno del país, adonde llegó en olor de santidad.
Las relaciones de Vázquez con la coalición en su conjunto no siempre fueron cordiales. Sin condiciones de político, sin embargo, Vázquez se ganó el respeto de todos. Hábil, carismático, por definición seductor, su nivel de popularidad fue creciendo y hoy supera al de cualquiera de sus correligionarios a quienes hasta ahora siempre les dobló el brazo, porque además, es autoritario. Pero cuando quedó claro que no intentaría la violación constitucional de perpetuarse en el cargo -lo que anunció como si fuera una sanción por la falta de respaldo de su gente a su iniciativa de homenaje a Artigas- y que esa misma violación se limitaría a proponer una fórmula, abrió su sucesión y desencadenó un conflicto entre potenciales herederos. Hoy Vázquez ha perdido autoridad política. Las encuestas reflejan escenarios de balotaje imaginarios, en donde perdería con candidatos de la oposición. Su renuncia al Partido Socialista, provocada por un comunicado de crítica al veto a la despenalización del aborto, es un hecho de significado equívoco. Antes, ni siquiera había respaldado al precandidato presidencial propuesto por el socialismo.
Queda más de un año de gobierno, y el oficialismo es un caos.