Los sublevados

JORGE ABBONDANZA

Antes la sedición estaba en manos de grupos organizados, plenamente conscientes de protagonizar un alzamiento colectivo contra la autoridad y el orden público. Así ocurrió con los integrantes de la guerrilla urbana en el Uruguay de los años 60 y 70 del siglo pasado, cuando ese asalto de matriz clandestina dejó estupefacta a una sociedad mayormente serena y bastante provinciana, que fue espectadora del fenómeno y luego sufrió largamente sus consecuencias. Mientras los jóvenes sediciosos de aquel pasado se convertían en veteranos enrolados en la actividad política, la propia sedición se transfiguró.

Ahora no consiste en la agrupación compartimentada de combatientes, sino en una lenta infiltración anónima, espontánea y de raíz marginal, cuyos agentes se sorprenderían si se les dijera que su conducta tiene un alcance subversivo. En el Uruguay, los indicios al respecto son escasos, pero en otros países adquieren un perfil cada día más temible. En México, por ejemplo, la violencia generada por el narcotráfico -que puede provocar decenas de muertes en un solo fin de semana y llega a ejecutar a miles de personas al cabo de un año- es capaz de trastornar el orden público como si fuera una entidad sediciosa formalmente constituida y buscara desestabilizar a los órganos de gobierno. Lo único que le falta es la voluntad manifiesta de alcanzar esas metas, aunque opera como si dicho impulso no le faltara.

En Argentina, la violencia criminal ha llegado a tener en los últimos tiempos un empuje homicida estremecedor. Aunque su propósito parece ser la extorsión o el robo -intentados a través del secuestro de un individuo o el copamiento de una vivienda- su resultado suele ser el asesinato a sangre fría, que se produce aunque los culpables no obtengan botín alguno. En esa consecuencia hay un móvil más turbio que deberían desentrañar los terapeutas, como si la finalidad inconsciente no fuera el provecho económico sino la muerte. Así ocurrió durante pocos días en alrededores de Buenos Aires, con el crimen de un ingeniero de 43 años y un profesor de 32 (en asaltos a sus casas) y con el asesinato de un estudiante de 18 que había sido secuestrado para pedir un rescate que no se cobró.

La frecuencia con que ocurre esa mortífera contradicción no necesita un análisis profundo para que asome su sesgo fatídico y casi misterioso, como si hubiera una coordinación detrás de esos inútiles (y a veces inexplicables) episodios de sangre, permitiendo imaginar un diseño más consistente que el simple accidente o la casualidad. El asedio criminal, con la oleada de miedo popular que lo acompaña esparciendo su resonancia, es el equivalente contemporáneo de la sedición. Es la nueva herramienta -por el momento errática- que se alza desafiando a la autoridad y el orden, como si los golpes ciegos que descarga fueran el ensayo para una operación formal. La descomposición de una sociedad también puede iniciarse en focos dispersos y azarosos, cuya suma resulta más devastadora de lo que podrían soñar sus ejecutores. Lo único que les falta es la planificación que hasta ahora no tienen.

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