En blanco y en negro

No cabe ninguna duda de que la Justicia debe alcanzar a quienes cometen crímenes. Si el crimen queda impune, se produce una grieta irreparable en el orden de una sociedad y se quebranta el cuadro de castigos y reparaciones que exigen esos actos criminales, como parte del correcto funcionamiento de una convivencia civilizada que establece derechos y garantías, pero también responsabilidades. Cuando un sector de la comunidad uruguaya cuestiona la llamada Ley de Caducidad, se supone que apunta a esa necesidad de justicia que en alguna medida puede compensar el dolor por las muertes y desapariciones que tuvieron lugar hace algunas décadas. Y cuando en España, por ejemplo, se invoca la recuperación de la memoria histórica, como ocurre en estos últimos meses, aludiendo a las decenas de miles de muertos bajo el franquismo, se invade un terreno similar, bajo el impulso de intentar conocer lo ocurrido en cada episodio y también el lugar físico en que reposan los restos de las víctimas y la correspondiente identificación de esos restos.

La falla de dichos alegatos, empero, consiste en atribuir todas las culpas a un bando y en suponer que todos los sufrimientos se concentran en el otro. Porque esa (aunque mucha gente la considere respetable) es una pintura del mundo en blanco y negro, donde la perversidad estaría de un lado y el padecimiento sería un monopolio del lado opuesto, con lo cual se escucha el repicar de una de las campanas, pero no de la otra. En el caso uruguayo, cuando se recuerda -con toda razón- a quienes sufrieron extremos de tortura y muerte bajo la dictadura, no siempre se menciona la actividad previa de esas víctimas ni el carácter de la misma, como si se tratara de cualquier ciudadano que tuvo simplemente, la mala suerte de caer en manos de los represores sin que hubiera motivos (militancia extremista, espíritu combativo, acción armada, organización clandestina) que acompañaran esa inmolación. Eso deja la mitad de la verdad sin aclarar, por no decir que desnaturaliza la voluntad de lucha con que aquellos seres asumieron su riesgo.

En el caso español, la recuperación de la memoria toma en cuenta a los más de cien mil muertos del bando republicano bajo la Guerra Civil y la dictadura siguiente, pero no considera igualmente a los cincuenta mil civiles (y a los más de seis mil integrantes de órdenes religiosas) que fueron ejecutados en la zona republicana, como víctimas de una saña similar a la que esgrimió el franquismo. Una famosa columnista de la prensa madrileña de hoy, señaló en una reciente entrevista que "no cabe duda de que en la guerra española hubo muchas salvajadas, pero fueron cometidas por ambas partes". Un cantante catalán igualmente notorio, que actuó en Montevideo en estos días, declaró que "no hay caducidad para la memoria, no hay caducidad para la justicia", lo cual es una frase que conviene interpretar en toda su amplitud y no en su reducción hemipléjica.

Si esa frase debiera abarcar todos los aspectos que cubre la memoria y que contempla la Justicia, tendría que tener en cuenta el compromiso -sea compartido o no- de quienes pelearon de ambos lados en un choque armado o un régimen de fuerza, porque es la única manera de no incurrir en un perfil maniqueo de los conflictos humanos. Sería candoroso suponer que toda la buena gente se agrupa a un costado de la lucha y toda la gente culpable figura en el otro. Sin embargo, ciertas iniciativas políticas que se dicen restablecedoras de la verdad y del espíritu de justicia, participan de ese candor y aplican cuotas alternativas de rigor o de indulgencia, según el bando que se tenga en cuenta.

Si la memoria y la Justicia no deben caducar, como sostiene el cantante catalán, ese beneficio tendría que alcanzar para que ciertos viajeros uruguayos y argentinos que desembarcan actualmente en aeropuertos españoles, no sean expulsados sin miramientos y hasta en alguna oportunidad, retenidos en condiciones cuasi carcelarias, porque las autoridades que imponen esas sanciones estarían obligadas a recordar la hospitalidad con que Argentina y Uruguay recibieron durante todo un siglo a cientos de miles de inmigrantes españoles para salvarlos de la penuria, aun cuando sea cierto también, que esto era bastante despoblado. Ahora España se refugia en la severidad de las normas de la Unión Europea para enfrentar el problema que les presenta la inmigración de diversos orígenes.

¿Encontraste un error?

Reportar

Te puede interesar