Lecciones de 50 años atrás

En un libro publicado por los franceses Fourastié y Vimont, fechado en 1956: titulado "Historia de mañana", los autores se preguntan si en el año 2000 la humanidad perecerá de hambre en un mundo superpoblado. Este angustiante problema ¿tendrá alguna relación con las predicciones de Malthus en el sentido de que la población crecía en una proporción geométrica en tanto la producción de alimentos lo hace en una proporción aritmética, o con desocupación y el trabajo en serie o, más bien, con los regímenes totalitarios, consecuencias ineludibles del desarrollo de la técnica?

¿Se mantendrán las diferencias entre países ricos y países pobres, entre desarrollados y subdesarrollados? O, en cambio, la evolución, los nuevos y avasallantes progresos tecnológicos y científicos -como el uso de la energía atómica y la automatización- disminuirán las antinomias, suprimirán las calamidades, elevarán el nivel de vida, reducirán las jornadas de trabajo, asegurarán el consumo y el equipamiento mínimos y harán desaparecer los abismos que separan a los pueblos?

Esto se escribía, insistimos, en 1956, cuando China tenía 610 millones de habitantes (censo de 1954) y se pensaba que el mundo del año 2000 contaría con unos cuatro o cinco mil millones de congéneres.

Ha pasado muy poco más de medio siglo desde entonces y en el planeta sigue imperando el subdesarrollo, el hambre y la desigualdad entre las naciones y entre los individuos. Y viven sobre el globo terráqueo más de 6.000 millones de seres humanos.

Aunque el fantasma del maltusianismo se haya esfumado y la ciencia haya abierto innumerables perspectivas de progreso, sigue habiendo optimistas y pesimistas que vaticinan entorno al futuro de nuestra especie. Igual que siempre. No dejan de ser o de parecer sugestivas, las especulaciones que puedan hacerse al respecto, pero mucho más interesantes son los análisis a que dan lugar la proliferación de los autoproclamados expertos en la materia, a menudo vistos como agoreros de catástrofes o como mesías que todo lo ven con claridad inapelable. Nunca han faltado emisarios de este tipo.

Por ello, nuestros autores se ocupan de escoger una visión del problema de su tiempo -que no difiere mucho de las prevalecientes en el nuestro- a fin de disipar lo que juzgan como creencias erróneas que obstaculizan el camino que puede llevar a las soluciones reales.

Acometen entonces, contra quienes sostienen que el progreso económico de un pueblo se hace a expensas del sometimiento de otros o de la fácil colocación en ellos, de los excedentes de su producción nacional (metrópolis vs. colonias), interpretación que diera lugar a la tan mentada teoría de la dependencia, cómoda respuesta que produjo la intelectualidad latinoamericana (incluida la teología de la liberación) para explicar el subdesarrollo de la región.

Otra distorsión de la realidad la constituye la creencia de que el problema social es esencialmente, un problema de repartición, de sacarle al que tiene más para darle al que tiene menos. Ello es inexacto porque ante todo, es un problema de producción: cuanto más se produzca, más descenderá la desigualdad social. Incluso, vale más producir que poseer, porque producir mejor implica un componente vital que es producir con eficacia, o sea, lograr productividad.

¿No resulta sintomático que en las medidas de lucha, los sindicalistas nunca hagan referencia a la productividad sino al simple aumento de salarios?

Otra falsa creencia es la de que no hay progreso sin lucha física, sin violentos cambios radicales que, eventualmente, implican destrucción y muertes. Para nuestros autores, sólo hay progreso real en el esfuerzo que se hace en favor del conocimiento científico y el perfeccionamiento moral. El primero, es la única base histórica de cualquier adelanto; el segundo, la cultura en valores que entraña, es la garantía de que existe equidad social.

¿No nos parece que son absolutamente aplicables a nuestra realidad uruguaya estas reflexiones? ¿No hay nadie a quien le caiga bien este sayo?

Una última sugerencia de Fourastié y Vimont: los países desarrollados deben mantener viva la llama de la inventiva, de la innovación; a los países que no gozan de esa condición, por ahora, como punto de partida, les es suficiente practican la emulación.

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