La cadena de pagos

Uno de los efectos más graves de las crisis económicas es que alteran la cadena de pagos, tanto a nivel internacional como doméstico. Las dificultades para la venta de bienes y servicios se reflejan así en el mercado con diferente intensidad y tienen las más variadas formas de presentarse, comprometiendo, según su origen, a más o menos actores.

En ese sentido, varios países padecieron ya esos efectos a nivel internacional, cuando se frustraron las ventas de carne y los contenedores recorrieron diferentes puertos a bordo de los barcos o se mantenían en alta mar a la espera de novedades, tratando de colocar envíos de operaciones que se habían cancelado y que se aspiraban a reflotar encontrando nuevos interesados. Las ventas tardías no alcanzaron a cubrir los compromisos del remitente, generando a la vez demoras en el pago de obligaciones que se habían asumido en la plaza respectiva.

Ese fenómeno, transferido a las economías domésticas, reviste mayor intensidad y compromete a una cantidad mayor de protagonistas. Eso es lo que hay que prevenir, llamando la atención sobre el problema, teniendo en cuenta que existen muchos productores que pueden verse enfrentados a una paralización del mercado, resintiéndose las colocaciones y paralizándose los pagos, en una especie de círculos concéntricos que se reproducen con mayor o menor intensidad.

Un ejemplo de esa situación, entre muchos otros, lo ofrece el sector agropecuario donde la baja en el precio de los bienes y el aumento en el de los insumos, a lo que se agrega una sequía sostenida, está presionando esa eventual cadena, en algunos casos hasta niveles preocupantes.

Debe tenerse presente para ello, que todos los granos bajaron a la mitad de precio y que en el sector pecuario, una vaca gorda se vendía a US$ 1.51 el kilo en pie en el frigorífico, mientras que hoy se comercializa a US$ 0,75 en las mismas condiciones; que una vaca de invernada pasó de US$ 1.13 a US$ 0,75 el kilo, y que el precio del kilo de los corderos es casi similar al de los pollos. La lana, por su parte, bajó en un 30% promedio con respecto al año pasado, mientras que la leche de $ 9 el litro al productor se redujo a $ 4, a la vez que el precio de las vacas en lactancia se redujo de US$ 1350 a US$ 400, no existiendo reservas forrajeras para alimentación debido a una primavera seca. Paralelamente, aumentó el costo de la esquila, los fertilizantes se fueron al doble que el año pasado; el rollo de alambre que hace tres años se podía comprar a US$ 32 hoy se encuentra a US$ 140 y el precio de los combustibles se mantiene alto, reduciéndose con retraso en relación con el precio del petróleo, en un fenómeno de carácter general, que podría repetirse con otros números en diferentes sectores de actividad.

Esa realidad puede llevar a que las dificultades en comercializar, la lentitud o la imposibilidad de vender, e incluso la negativa a vender por precios viles, provoque un fenómeno de acuerdo al cual aparezcan sectores que disponen de bienes nominales de un considerable valor, pero que no cuentan con dinero en efectivo para hacer frente a sus obligaciones, generando a la vez un endeudamiento no sólo público sino también privado.

La intención, hoy, es llamar la atención sobre esa posibilidad, considerando que la peor manifestación de una crisis se presenta a través de la fractura de la cadena de pagos, la cual debe prevenirse, destacando esta consecuencia, poco visible, entre las que ya emergen y que no ha sido objeto de análisis por parte del equipo económico.

En momentos en que el comercio internacional venía aumentando y la globalización estaba incorporando nuevas fuentes de colocación -sin ignorar la existencia de razones coyunturales-, no pueden permitirse situaciones que nos retrotraigan a las épocas del trueque. El hecho genera endeudamiento, aumenta los pasivos e incluso crea graves problemas sociales por el desempleo que provoca, imponiendo como una obligación simultánea el fortalecimiento de la cadena productiva. Cada campo es una lección de dificultades y hay que estar atento a ellas, evitando la propagación de sus efectos y la multiplicación de sus consecuencias. En el año 2002, el país ya sufrió el sacudón que provoca la fractura de esa cadena y no puede permitirse que se repita un fenómeno parecido.

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