Después de rapiñar la zapatería de Benito Blanco 908, en Pocitos, al delincuente se le dio por "confesarse". Sin embargo lo único que querían las dos empleadas era que bajara el cuchillo y se fuera de una vez.
Tenía unos 20 años y luego que pidió un par de zapatos deportivos e incluso se hizo cambiar el modelo, se acercó a la caja como a pagar pero sacó un cuchillo. Blandiendo el arma explicó que era un asalto y pidió el dinero de la caja. Luego que tomó los $ 2.400 les dijo: "Es la primera vez que lo hago, perdónenme, justo les tocó a ustedes". Las empleadas tenían miedo que pasara un policía y se produjera un enfrentamiento dentro del local.
"No tengo otra", insistía lánguidamente el rapiñero, apoyado en el mostrador como si estuviera en un boliche.
"Ya sé que las cámaras me están filmando pero estoy jugado", se lamentaba.
En su "confesión", dijo que tenía un hija pequeña que alimentar, que rapiñaba porque no tenía trabajo y que había sido encargado de un comercio donde ganaba $ 20.000 pero que el negocio había cerrado.
"Perdí el laburo y no tengo otra" repetía. "El Uruguay está así, pero no es la única forma de salir adelante, nunca se justifica salir a robar", se animó a decirle una empleada.
"Para mí sí es la única forma", dijo el rapiñero que tomó el par de championes y se fue.
Mientras las empleadas activaban el "botón de pánico" para Jefatura, el desanimado delincuente se tomaba un taxi. Ahora lo podía hacer, había conseguido dinero para "ir tirando".