REBAR
El título es deliberadamente tramposo: tiende a sorprender a ustedes, llevándoles a creer en la reconciliación de una pareja que hace tiempo y a lo lejos, aparecía a menudo en las revistas del corazón abierto y los encantos ocultos; digo esto último porque, nadie que siguiera la dinámica sentimental de los ambientes monárquicos que aún perduran, podía explicarse que una cosa tan delicadita como Carolina de Mónaco hubiera puesto sus lindos ojos en Philippe Junot, para terminar encandilada por aquel calaverón perdido, playboy en permanente oferta de seducción, inventor de una fórmula infalible para vivir de arriba. La princesa de Mónaco llevó al altar al bon vivant, anticipando el argumento de una corta novelita rosa de final negro. Así fue. Los clarines de la separación no tardaron en sonar (¡qué bien me salió esta variante de la palabra divorcio!) y el destino descargó sobre "Caro", la frase que hicieron famosa los matrimonios desavenidos: "A llorar al cuartito". Pues, cuando empezábamos a creerlos jubilados de la noticia, he aquí que han retornado a los cables días atrás, con diferencia de pocas horas, desde distintas posiciones. Comencemos por la dama.
Dispuesta a rehacer su vida tras el revés sufrido con Junot, Carolina -a la que no le vendría mal un curso de tiro al blanco para mejorar sus aciertos- anotó en su álbum nupcial a Ernesto de Hannover, célebre por los "bochazos" que sufre en los exámenes de alcoholemia, cada vez que insiste cantando "Vereda tropical" en todos los actos de su doble vida acrobática, oficial y privada, a la que llega en tren de kermesse heroica, bolereando "de vereda a vereda, de balcón a balcón". En cierta oportunidad, un órgano de prensa alemán publicó una foto de los bien regados esposos, con una leyenda sin pretensiones de boletín médico, en la que se exaltaba la heroica defensa del páncreas de Ernesto, ante los feroces ataques del propietario: esto no le cayó bien a Carolina, que demandó a la publicación, alegando -presumo yo- que las apariencias engañan, y que su aristocrático marido es... un abstemio disimulado. El caso es que el tribunal germano llamado a actuar en el asunto, dio la razón a la princesa... y unos cuantos euros ingresarán a la cartera de la dama y el bolsillo del caballero.
En cuanto a Philippe, que venía disfrutando "de ronga", de una temporadita estival con amiguita incorporada, en una villa de Saint Tropez en la Costa Azul francesa -cedida por su dueño, el poderoso industrial Daniel Hechter- vio frustrado su reparador descanso: unos ladrones entraron sin pedir permiso, y se llevaron 30 mil euros. Se comenta que Philippe demandará a don Daniel, por ofrecerle un lugar de reposo que no está dotado de las seguridades mínimas... ¡No faltaba más!