Tensiones

Hace tres días esta página ya se refirió al tema, pero sus alcances justifican algún otro vistazo editorial. Porque el jueves pasado Uruguay no apoyó la candidatura del argentino Néstor Kirchner para el cargo de secretario general de la Unasur (Unión de Naciones Suramericanas). Esa actitud, que equivale a un veto, respondió principalmente a dos hechos: el gobierno del país vecino sigue tolerando el corte de la ruta internacional en Gualeguaychú y no ha dispuesto el dragado del Canal Martín García en el río Uruguay, lo cual impide la llegada de barcos de cierto calado al puerto de Fray Bentos. La posición adoptada por el presidente uruguayo con respecto a la Unasur, fue calificada por la Cancillería en Buenos Aires como "un agravio al pueblo argentino", queja que desconoce el derecho elemental a discrepar con cualquier candidatura, que es un margen de maniobra inseparable de todo principio democrático. Por algo el Uruguay figura a la cabeza de Latinoamérica en el lugar 23 (y Argentina en el 59) dentro del índice que confeccionó el inglés The Economist sobre ejercicio pleno de la democracia en 167 países del mundo.

Nuestro país ha hecho frente a la actitud inamistosa de dos gobiernos argentinos sucesivos, el del propio Kirchner hasta fines de 2007 y el de su mujer Cristina Fernández a partir de esa fecha. En verdad, la gestión inaugurada por dicha presidenta el 10 de diciembre pasado, se abrió con el desplante que ella incluyó en su discurso de asunción del mando -en presencia del mandatario uruguayo- salteando toda norma de hospitalidad y todo rasgo de buena vecindad en alusión al diferendo por una planta de celulosa. En todo caso, esa agresividad verbal no hizo más que mantener la línea de Kirchner al respecto, ilustrada por aquel clamoroso acto político en el sambódromo de Gualeguaychú, para el que fueron convocados gobernadores e intendentes en apoyo de los piquetes que ya cortaban la ruta, gesto acompañado por la denuncia argentina contra Uruguay ante la Corte Internacional de Justicia de La Haya, el 4 de mayo de 2006. Mientras el gobierno argentino mantenía su actitud prescindente ante la interrupción del tránsito en Entre Ríos, disolvía por la fuerza varios cortes de rutas en otros puntos de su país, sin considerar las razones sociales o sindicales que los motivaban.

El cargo de secretario general de la Unasur tiene un fuerte componente diplomático, ya que su función se vincula con actos protocolares, relaciones internacionales, mediaciones, trances negociadores y el papel de anfitrión en reuniones de una docena de países asociados. Resulta curioso que Argentina proponga para esa responsabilidad a un personaje que si bien posee indudable relieve público, se ha destacado por ciertos alardes que no guardan la menor relación con el espíritu de la diplomacia, incluyendo el desaire al jerarca de un organismo internacional durante un encuentro de presidentes, o su ausencia en la recepción que le ofreció la reina de Holanda durante una visita de Estado a la Argentina, sin olvidar su constante hostilidad contra la prensa de su país. Tales rasgos no parecen otorgar al candidato una credencial apta para aspirar a la Secretaría General en un ámbito de magnitud continental. Pero todo es opinable en este mundo.

Claro que sería descomedido reclamar hoy al gobierno argentino una mayor atención al estado de las relaciones rioplatenses, cuando ese gobierno puede estar abrumado por sus graves problemas internos. En dicho arco de preocupaciones figura el tambaleante diálogo oficial con los productores rurales, al cabo de meses de conflicto que paralizaron al agro, junto a las consecuencias que podrá tener la decisión de estatizar a las AFJP (Administradoras de Fondos de Jubilaciones y Pensiones) con sus colosales depósitos de 30.000 millones de dólares, por no hablar del estado casi desesperante de la inseguridad ciudadana frente al impacto de una violencia criminal que ha trastornado la forma de vida de la gente bajo el asedio de copamientos, asaltos al voleo, secuestros extorsivos y asesinatos a quemarropa, mayormente en la capital del país y áreas suburbanas.

Es deplorable que los vínculos entre ambos países del Río de la Plata aparezcan ensombrecidos, pero por lo pronto desde esta orilla cabe desear que la situación de los vecinos no se deteriore hasta un punto crítico, como ocurrió en el pasado (1955, 1976) con gobiernos pertenecientes al mismo sector político que el actual, y que terminaron tan mal. En beneficio de todos, debe esperarse que esos finales no se repitan en el futuro.

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