Aprendices de brujo

Comprendemos que se vuelva dificultoso opinar sobre el pasado reciente, tanto porque se sea sobreviviente afectado por uno de esos períodos oscuros, como por estar vinculado con los protagonistas de esos hechos por simple adhesión ideológica o partidaria. Aunque hayan transcurrido varias décadas desde los acontecimientos originarios, la reacción ante ellos, por parte de quienes los sobreviven, carece de imparcialidad.

Entonces, ¿qué se le puede pedir a quienes no fueron sus contemporáneos? Como dice el ex presidente de Finlandia y último Premio Nobel de la Paz, Martti Ahtissaari, si uno hubiera vivido dentro del problema, en los días en que ocurrieron los hechos, ¿de qué lado hubiera estado?

Este planteo, pleno de comprensión de las limitaciones de la naturaleza humana, nos está indicando cuán grandes son las dificultades existentes para emitir un juicio sobre una situación conflictiva que nos afecta, directa o indirectamente, con tanta intensidad.

Un lector de ECOS recoge la respuesta que le dio una familiar de su madre cuando la interrogó sobre qué pensaba respecto a los nacionalistas y los republicanos españoles, pues había sido testigo y víctima de aquella cruenta guerra civil. Su respuesta fue: "unos mataron a mi hermano y los otros mataron a mi amor". He aquí todo el drama presente en una guerra fratricida.

Se revive una vieja sentencia que se remonta a la antigüedad helénica: "Somos todos culpables... somos todos asesinos..."

El mismo corresponsal de ECOS al que aludimos, concluye su carta con esta atinada reflexión: "Los que tienen intenciones de recordar y revivir aquel horror, corren el riesgo de que les pase lo mismo que el aprendiz de brujo, que fue incapaz de controlar el conjuro desatado".

Son, estos, conceptos válidos para cualquier país, época y cultura pues, de alguna manera, las cosas -por graves que sean- hay que darlas por terminadas en algún momento, a pesar del legítimo dolor que ellas hayan podido generar y que comprendemos perfectamente.

Porque las sociedades -aunque laceradas por circunstancias de períodos que a nadie enorgullecen- deben seguir su marcha hacia adelante, sobreponerse a los obstáculos que impiden su desarrollo y, por encima de todo, garantizar el derecho que tienen las nuevas generaciones a no ser ni deudores ni rehenes de este pasado.

¿Qué sería de Alemania, la actual locomotora de Europa, si en el presente dedicara gran parte de sus energías nacionales a completar la tarea de esclarecimiento de los crímenes cometidos durante la era hitleriana, en lugar de esforzarse para conservar y acrecentar su posición de privilegio dentro de los países del Primer Mundo?

¿Y qué sería de Rusia si quisiera dar prioridad a la tara de hurgar en su historia, muy reciente, para determinar quiénes fueron los responsables de la muerte de decenas de millones de seres humanos perseguidos por la tiranía soviética? Otro tanto puede pensarse respecto a España y su pavorosa guerra civil. En realidad, no hay rincón del mundo donde no haya habido un enfrentamiento étnico o un levantamiento sedicioso o un golpe de Estado, salvo en las grandes democracias ya consolidadas. Y ninguna de esas guerras o guerrillas ha sido limpia y respetuosa de los derechos humanos. Sus partes no visibles siempre avergüenzan. No debemos prescindir del juicio condenatorio de sus excesos y extravíos, pero debemos proceder así en la medida y en el tiempo correctos.

Prolongarlo indefinidamente -y, peor, politizar esa actitud- es transformar la justicia en venganza y es dar lugar a nuevas situaciones quizá desencadenantes de nuevos conflictos.

El tiempo decanta las pasiones, elimina los juicios apresurados y otorga una perspectiva que permite acercarnos a la verdad.

Remover el pasado para utilizarlo como agente interesado del presente es, también, una trampa que le tendemos a la identidad nacional. Es crear cadenas interminables de acciones y de reacciones que impiden dedicarse a forjar fines equilibrados, pacíficos y fecundos.

El aprendiz de brujo puede servirnos de lección. Lo fundamental es tener la voluntad de aprenderla.

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