Éramos pocos...

GERARDO SOTELO

En el fárrago de macanas que se escucha tras la crisis financiera en Estados Unidos, no faltan las que proclaman el advenimiento de la planificación estatal como remedio a los males del "neoliberalismo". La intervención de la administración Bush en el sistema bancario, procurando restablecer una confianza que los agentes económicos se empeñan en ignorar, parece un manjar a pedir de boca de una variopinta pléyade de intervencionistas, desde tardomarxistas hasta neokeynesianos.

Este reverdecer de la economía planificada tiene como excusa la debacle ocasionada por una banca dedicada a especular con papeles de dudoso valor, en un escenario como el estadounidense, donde el dinero fluye a borbotones proveniente de todos los rincones del planeta. Como las características del negocio financiero hacen que la catástrofe se cierna lo mismo sobre quienes participan de la pachanga y quienes no, alguien debe intervenir (regulando la actividad financiera o, incluso, planificando los flujos financieros) para evitar estas externalidades negativas. Pero...

La receta del 2008 se parece demasiado a la de los años treinta del Siglo XX, e incluye la apelación a un incremento desaforado del gasto público. Parece una remake de un mal filme de terror y lo es, agravada por el clamor del flamante Nobel de Economía, Paul Krugman, para que el gobierno de Estados Unidos desembarque en la economía y ponga fin al desenfreno "neoliberal".

Krugman recibió su galardón por su defensa del libre comercio, no por sus tesis intervencionistas, de ahí que muchos economistas se sorprendan con sus nuevas teorías y le reprochen que su rechazo al presidente de Estados Unidos haya empañado su discernimiento académico. Así se lo advertía The Economist en el 2003. "Un vistazo a sus columnas pasadas revela una creciente tendencia a atribuirle todos los problemas del mundo a George Bush", decía el prestigioso periódico. "Incluso su análisis económico es a veces forzado". Por ejemplo, cuando Krugman describe una economía mundial signada por el liberalismo, siendo que el costo del Estado en los países más ricos supera el 40%, por no entrar en detalles tales como los subsidios, las regulaciones y las "políticas de bienestar".

Esto nos devuelve al comienzo: fue la acción de gobierno de Estados Unidos, con su manejo monetario y sus disposiciones para "reinvertir en la Comunidad" y facilitar "viviendas asequibles" a quienes no calificaban para los préstamos, quien comenzó a darle presión a la burbuja. Salvando las distancias, algo similar ocurrió en Uruguay con el Banco Hipotecario, una institución que prestó dinero durante años con fines sociales y "sin vocación de cobro", como sentenciara, con más piedad que sarcasmo, uno de sus actuales jerarcas. Por cierto, el BHU terminó tan fundido como Fannie Mae y Freddie Mac.

En suma, la idea de que la solución va a venir del mismo lugar de donde vino el problema, y que esta vez los políticos van a actuar con austeridad, desinterés y sabiduría, parece fruto de la ingenuidad o de la ideología. Dos consejeras que no son de fiar.

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