Algunos irresponsables fantasean con la idea de que sería bueno que hubiera un segundo gobierno del Frente Amplio, de manera que la próxima crisis, agravada por los errores del primer mandato, le estallará a la izquierda como una bomba en la mano. Aseguran que así los frenteamplistas quedarían tan desprestigiados que la gente jamás volvería a votarlos. Huelga decir que se trata de un razonamiento negativo y peligroso. Negativo, pues parte del supuesto de un país en crisis, mal conducido por sus gobernantes, y peligroso, porque en situaciones cruciales pueden pasar las peores cosas imaginables.
Hay que oponerse a ese tipo de cavilaciones estratégicas parecidas a aquel "cuanto peor, mejor" que atizaban los radicales sesentistas y que concluyó siendo uno de los lemas que precipitaron al país en la tragedia de los años setenta. Nada puede construirse sobre la base de apostar al desastre, creyendo que sólo con el sufrimiento de la ciudadanía se pueden alcanzar ciertos objetivos políticos. No es así. Hay que razonar de modo positivo para aprestarse a competir en buena ley, con propuestas superiores que merezcan el voto mayoritario. En ese sentido, la izquierda ofrece grandes flancos, como se verá seguidamente.
Para empezar, en materia de futuras líneas de acción es sabido que la dirección colectiva del Frente Amplio aprobó un proyecto de programa ya distribuido entre "las bases" para su discusión. En tanto, algunos grupos de la coalición están difundiendo sus propias propuestas entre los militantes bajo la consigna de "profundizar" los cambios, esto es de hacerlos más radicales. El programa definitivo deberá aprobarse en el congreso a celebrarse a mediados de diciembre, instancia para la cual se prevén arduas discusiones sobre la orientación a seguir en el gobierno.
Se conocen otros proyectos alternativos, los del MPP y del Partido Comunista, dos grupos de fuerte gravitación en el Frente y que tienen mayoría en los "comités de base". Ambos coinciden en que un segundo gobierno no debería resignarse a ser la mera continuación del actual, al que censuran entre otras cosas por su política económica demasiado influida, dicen, por los principios neoliberales, y porque no alcanzó las metas deseadas en materia de distribución y justicia social. Concuerdan en asignarle al Estado más presencia en las áreas productivas así como en desplegar una férrea defensa de los monopolios estatales. Otro punto de encuentro entre comunistas y emepepistas es su oposición definitiva a la firma de un Tratado de Libre Comercio con Estados Unidos.
El Partido Comunista va más lejos cuando levanta sus viejos y perimidos postulados, entre ellos el de alentar la "cogestión de los entes y servicios descentralizados con participación de los trabajadores en todos los ámbitos en donde se toman decisiones". Otras de sus recetas son la implantación de detracciones a las exportaciones agropecuarias, la recreación del frigorífico nacional gestionado por pequeños productores y trabajadores, así como la nacionalización de la banca y las limitaciones al secreto bancario.
La enunciación de estos designios muestra la relevancia del debate de los próximos meses sobre los planes de gobierno. El MPP, el PC y otros sectores de la coalición, insisten en la necesidad de "profundizar" las líneas de la administración Vázquez si la votación del año próximo les renueva el mandato. Sus dirigentes descuentan de antemano que no lograrán plasmar todas sus iniciativas, pero apuntan a imprimirle al gobierno un sesgo "más a la izquierda" que el actual. Entre otras cosas, procuran extender la omnipresencia del Estado y la consolidación de un avasallante aparato sindical a lo largo y ancho del país. Todo lo cual significa la cristalización de la izquierda en el poder con un modelo aún más estatista, burocrático, corporativista y opresor de la actividad privada que el vigente.
Quienes sientan que tales lineamientos para el gobierno 2010-2015 constituyen una amenaza, deberían aprestarse a participar en la inminente lucha cívica sin caer por un instante en la tentación de especular con la conveniencia de un segundo -y, sin duda, catastrófico- gobierno frenteamplista. Es indigna esa idea de sentarse a esperar a que el Frente Amplio fracase y el país se despeñe, para luego aprovecharse de ello. La batalla electoral que se avecina es demasiado importante porque en ella se enfrentan dos modelos contrapuestos de país. O para decirlo de un modo más claro, se trata de la libertad.