Cuando los puños enfrentan a los tanques

Luciano Álvarez

El 14 febrero de 1956 se abrió el XX Congreso del Partido comunista de la Unión Soviética, el primero luego de la muerte de Stalin, 1.400 personas asistían.

Nikita Kruschev, un rústico campesino ucraniano de 61 años, era la figura emergente en la cúpula del poder pos stalinista. Desde 1939 era uno de los principales miembros del Politburó. Como tantos, sirvió fielmente a Stalin y había sobrevivido para olvidarlo.

En la noche del 25 de febrero, Kruschev luego de despedir a los delegados e invitados extranjeros y a toda gente extraña a las delegaciones oficiales soviéticas, pronunció lo que sería conocido como "Discurso Secreto", puesto que no formaba parte de los informes y resoluciones oficiales emitidas por el Congreso.

Su divulgación fue, al menos, sinuosa. Se distribuyeron copias a las diversas dirigencias regionales del PCUS y a algunos gobiernos extranjeros. El texto completo del discurso sólo se publicó en el extranjero, el 18 de marzo de 1956. En la URSS hubo que esperar tres décadas. Se dio a conocer en 1988, por orden de Gorbachov. Hoy puede leerse en Internet.

El famoso discurso es un alegato fiscal contra Stalin, para nada una evaluación política sobre el régimen. Todo gira en torno a su responsabilidad por haber violado las normas leninistas de liderazgo colectivo, por la represión contra los viejos dirigentes bolcheviques y el culto a la personalidad.

No existe nada por fuera de Stalin y el Partido. Kruschev se encargó de denunciar a Stalin pero no al sistema soviético, perfecto e intocable.

Sin embargo la pequeña brisa de aquella noche secreta recorrió toda la Europa soviética.

En junio hubo huelgas y manifestaciones en Polonia que llevaron al poder a Wladislao Gomulka que defendía una "vía polaca al comunismo". El kremlin asintió. En Hungría las mismas aspiraciones terminaron en una represión implacable.

A la cabeza del gobierno de Budapest estaba Mátyás Rákosi, "el mejor discípulo húngaro de Stalin", según su propia y suficiente definición.

No trataré de discernir aquí los complejos pormenores del movimiento revolucionario desarrollado en los últimos meses de 1956. Apenas esbozaré los principales sucesos.

En julio de 1956, Moscú envió a dos de sus principales figuras, Mikoyan y Suslov, para negociar una transición pos stalinista. Se destituyó a Rakosí, fueron rehabilitadas las víctimas de las purgas y el 13 de octubre se readmitió al carismático Imre Nagy en el Partido Comunista.

Diez días más tarde, 300.000 personas salieron a las calles, pese a la prohibición inicial del gobierno. El denominador común de los manifestantes era la defensa de un patriotismo independiente y soberano. Se congregaron ante la estatua del poeta Petöfi, recitándose un poema simbólico -Talpra Magyar- que recordaba los inicios de la revolución contra los Habsburgo de 1848. Luego se dirigieron a la plaza Joseph Bern donde leyeron entre otras, una proclama en la que pedían la evacuación de las tropas soviéticas, la reconstitución del gobierno bajo la dirección de Imre Nagy, elecciones generales con sufragio universal y secreto, participación plural de partidos, derecho de huelga y revisión del pacto de Varsovia. Luego entonaron la censurada "Canción Nacional" que en su estribillo dice: "Juramos no permanecer más tiempo como esclavos."

A las nueve y media de la noche derribaron la gigantesca estatua de Stalin. En otro lugar, grupos insurgente quemaron autos de la policía y se apoderaron de armas en depósitos militares.

Esa misma noche se reunió el Comité Central del Partido y tomó dos resoluciones: una se hacía cargo de la primera demanda popular: nombrar a Imre Nagy presidente del Consejo de Ministros; la otra -cuyos detalles y proceso se ignoran- llamaba a las tropas soviéticas para restablecer el orden.

Los tanques soviéticos aparecieron por primera vez al alba del 24 de octubre. Los húngaros respondieron con movilizaciones y una huelga general. El ejército Rojo se retiró.

Las medidas de apertura política se sucedían en cascada. Pero el 1º de noviembre, el gobierno de Imre Nagy tomó una que resultaba extrema: retirar a Hungría del Pacto de Varsovia y declarar la neutralidad del país.

El 4 de noviembre el ejército Rojo -200.000 hombres y más de 2.000 tanques-, volvió a entrar en el territorio húngaro.

Los corresponsales occidentales describirían con fervor la resistencia: "¡Budapest! Puede que sus edificios estuvieran en escombros, sus trolebuses y cables telefónicos cortados, sus calles cubiertas de vidrios y manchadas de sangre. Pero el espíritu de sus ciudadanos era inquebrantable", escribió el periodista británico Peter Fryer. Los fotógrafos dejaron para la historia un vasto y conmovedor registro gráfico. Las radios europeas y la propaganda norteamericana alentaban incesantemente a los húngaros.

Eso fue todo. Imre Nagy hizo un desesperante pedido de ayuda a las grandes potencias y a las Naciones Unidas, pero los países occidentales estaban en otros asuntos: Francia e Inglaterra estaban empantanadas en su desastrosa intervención en el canal de Suez, del 29 de octubre, a causa de la nacionalización, proclamada por Gamal Abdel Nasser, el líder egipcio.

A pesar de las declaraciones del presidente Eisenhower, los Estados Unidos se limitaron a plantear tibiamente el problema en el Consejo de Seguridad de la ONU, y facilitar la acogida de refugiados. Los acuerdos de Yalta estaban vigentes; Hungría era zona de influencia soviética.

La resistencia finalizó el 10 de noviembre y comenzaron los arrestos en masa. Un número estimado de 200.000 húngaros escaparon como refugiados. En diez días, más de 3.000 húngaros murieron en las calles de Budapest. Otros 1.200 fueron ejecutados en la represión posterior.

1989; habían pasado 33 años; el régimen se estaba cayendo pero los comunistas aún mantenían el poder. En junio, cuenta la socióloga Agnes Heller, "se solicitó permiso para enterrar decentemente a más de trescientas víctimas de 1956. Habían sido asesinados luego de procesos sumarios y sepultados anónimamente en una tumba común, junto a animales muertos en experimentos médicos, en un rincón del Cementerio Público de Budapest". Algunos trabajadores del cementerio que aun vivían, denunciaron el secreto a los familiares. Estos exigieron una nueva sepultura y el entierro se transformó en un gran acto público que congregó a unas 200.000 personas.

Heller recuerda ese momento y concluye:

"Pero, pese a todo esto, no es odio lo que existe, el sentimiento de venganza se ha ido diluyendo. Los muertos están enterrados, las víctimas inocentes rehabilitadas, las sentencias arbitrarias denegadas. El fondo del abismo se ha puesto al descubierto. El ahora tiene una deuda con el pasado: reconocer sus sufrimientos, dejar a sus víctimas buscar la justicia. Todo lo demás pertenece al futuro."

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