GUILLERMO ZAPIOLA
Apareció de manera casi secreta, y confirma que su director es uno de los grandes. Acaba de ser lanzado en DVD "Spider", film del canadiense David Cronenberg protagonizado por Ralph Fiennes.
Explorador de los universos fronterizos, de la alucinación y la violencia, Cronenberg se ocupa en Spider de un personaje que fue testigo de cómo su padre asesinó brutalmente a su madre y la reemplazó en su casa por una prostituta.
Pasan los años y el protagonista (Ralph Fiennes) es dado de alta de la institución psiquiátrica en la que ha estado internado, y se aloja provisionalmente en un hospicio de tránsito donde es ignorado por la encargada (Lynn Redgrave) y se encuentra sin nadie que le vigile ni le atienda. El hombre deja de tomar su medicación y comienza a ser visitado por los fantasmas de su infancia. Las barreras que su mente alzara para protegerse de su pasado empiezan a derrumbarse. El retorno a la locura parece una consecuencia inevitable de todo ese proceso.
Ha pasado mucho tiempo desde que el director David Cronenberg era fácil y erróneamente descartado como un mero fabricante de terror explícito o fantasía paranormal (Scanners, 1981, La zona muerta, 1983, La mosca, 1986). Tras Pacto de amor (1988), Una historia violenta (2005) o Promesas del Este (2007), quedan pocas dudas de que se trata de uno de los grandes autores del cine contemporáneo, un hombre dotado de una visión propia y una extraordinaria capacidad como narrador cinematográfico. La Academia de Hollywood puede no haberlo advertido (Viggo Mortensen señaló en su momento que su ausencia entre los candidatos al Oscar, el año de Promesas del Este, era un escándalo público), pero ya se sabe que la Academia suele preferir a los Ron Howard y los Tony Gilroy de este mundo.
Inspirada en una elogiada novela de Patrick McGrath adaptada para la pantalla por el propio autor, Spider es un examen de los miedos de un ser acomplejado, alguien que ha sido definido como "un marginal psíquico" que confunde su caos emocional con la percepción objetiva. La sombra de Edipo planea sobre el personaje con cuya mirada la cámara se confunde.
Son típicos de Cronenberg los temas del desdoblamiento de la personalidad, la irrupción de las pulsiones del inconsciente, la intervención de factores emocionales que destruyen la racionalidad y (a menudo) a los propios personajes protagónicos. La referencia arácnida del título y de algunas situaciones planteadas en el film apuntan, entre otras cosas, a una imagen materna que tiende sus telarañas desde el pasado.
Cronenberg elige para su film una paleta de tonos ocres y marrones que acompañan las oscuridades de la experiencia vital de su protagonista. Los vaivenes del relato, que alteran la temporalidad, expresan también, en términos formales, las fracturas de la racionalidad del protagonista. Y hay un par de bondades adicionales.
Una es el respaldo proporcionado por la inquietante música de Howard Shore. La otra es el rendimiento del elenco, encabezado con inesperado brillo por el habitualmente irritante Ralph Fiennes, que aquí proporciona la que debe ser la labor de su vida, dotando a su tortuoso personaje con rasgos de austeridad y introspección. Unos cuantos espléndidos intérpretes secundarios (Miranda Richardson, Gabriel Byrne, Redgrave) establecen un adecuado contrapunto con esa espléndida labor protagónica.