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RICARDO REILLY SALAVERRI
Veíamos en televisión los sucesos ocurridos recientemente en el Ministerio de Trabajo y Seguridad, derivados a la ocupación del mismo por quienes dicen ser sindicalistas, impulsados por una actitud decididamente violenta.
El problema de la seguridad pública en el país es notorio. La realidad es sencillamente espantosa y todos los días pasan cosas gravísimas, que son material de noticia de los medios de comunicación y pasan cientos más que no trascienden.
Desde que nos conocemos, los grupos dominantes del frente político que está encargado del gobierno, han tenido una actitud antidemocrática, de vocación totalitaria y de aliento a la confrontación entre los uruguayos.
Su inspiración primera ha sido el desconocimiento de las instituciones que la Constitución consagra.
Y el aliento a movilizaciones y choques que apuntan al quebrantamiento del orden público y, así lo ha sido en la historia reciente del pasado siglo, al establecimiento por medio del recurso al terrorismo inclusive, de un gobierno leninista y despótico en el país.
Su cohabitación electoral con complicidades moderadas no atempera esta realidad.
Esta actitud siempre ha apuntado a minar la legítima autoridad a cuyo uso el Estado tiene derecho, en aras del bien común y en el marco del respeto a la Constitución y a las leyes.
Todo cuanto contribuyese al caos, al ataque a las fuerzas policiales, al desborde por motivaciones "sociales", encontró siempre en estas tiendas tierra fértil para germinar.
Y, tras el penoso pasaje del ministro Díaz primero, promotor -entre otras cosas- de la sindicalización de la Policía, y la presencia ecuestre y napoleónica de la ministra actual, parten de un principio moral inevitable, ambos pertenecen a un mundo que ha negado siempre la validez del ejercicio de la autoridad y que ha despreciado al accionar de las fuerzas policiales.
Por lo que los arrestos de autoridad que parten hoy del Ministerio del Interior no son creíbles, proclamados por promotores seculares del caos.
Al asumir el gobierno nacional en 2006 la orientación se mantuvo. Se derogó la norma que permitía a la policía efectuar detenciones en averiguación, se polarizó al país entre pobres y ricos estimulando el resentimiento, se castigó a la clase media con impuestos absurdos sin parangón en el mundo, para comprar votos practicando la limosna con los dineros públicos entre los necesitados, fomentando el ocio y la vagancia.
Y, se alentó la ocupación de establecimientos industriales, productivos y comerciales, fomentando la huelga salvaje, y estableciendo el "todovale", como expresión de una libertad sindical, que tampoco tiene parangón en ningún país de civilización razonable.
El caos social en que estamos en este momento inmersos con paros por todas partes, y desorden generalizado integra una cultura generada por las autoridades, que ha llevado a que no se pueda asistir a un espectáculo futbolístico, ni pasear por las calles, ni contener al abigeato en el campo, ni a "sindicalistas" que irrumpen en el Ministerio de Trabajo pateando puertas, e insultando a sus autoridades.
Lejos está la reconstrucción de un Uruguay integrado, capaz de manejar sus inevitables conflictos internos en un marco de razonabilidad.
Lo del Ministerio -que repudiamos- ha hecho vivir a sus responsables un poco de lo mucho que han hecho padecer a la República.
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