Abrile, que se va

Campiani se quiere ir. El negocio de Pluna, el mismo que por alguna razón algún día habrá que aclarar que el gobierno del Frente Amplio le entregara graciosamente y en forma gratuita, ya no resulta para este inversor que apostaba al Uruguay y al desarrollo de su línea área tan atractivo como hace algunos pocos meses, cuando el mismo empresario anunciaba nuevas rutas al mundo entero, mientras viajaba y se fotografiaba con funcionarios de la administración Vázquez que ahora le huyen como a la peste.

No es raro. Hay quienes siempre tuvieron claro que Campiani compraba Pluna porque a caballo regalado no se le mira el pelo. Y menos si quien regala al equino sale, además, de garantía para darle todos los gustos al animal en cuestión. Además, el mismísimo Campiani había reconocido a un diario argentino a comienzos de este año que había "comprado" Pluna para venderla una vez que pudiera hacer con este pasamano la diferencia esperada.

El problema es si la culpa es del porcino o de quien le asegura la ración diaria. Y está claro que los ministros Astori y Rossi engordaron a este ejemplar como para arrasar en la Expo Prado, al punto de mostrarlo casi como un benefactor al entregarle Pluna y de defenderlo con ahínco durante la reciente interpelación, en la que los dos ministros se salvaron sólo porque más de un senador frenteamplista votó por disciplina partidaria.

Ahora el daño está hecho. Ya es tarde para lamentarse. El gobierno debería aceptar que, después de tanto oponerse a las privatizaciones, quiso privatizar y no supo cómo hacerlo. Los ministros que un día nos presentaron a Campiani como un enviado del cielo deberían, por lo menos, tener la dignidad de reconocer públicamente que se han equivocado. Y que con su error han comprometido al Estado, que somos todos los uruguayos. Y la oposición debería preguntarse si frente al desastre que ha representado y representará este negocio para el país hizo todo lo que estuvo a su alcance para advertir a la opinión pública de lo que sobrevendría. ¿O no es cierto que hace ya un año había dirigentes de partidos tradicionales que sabían que la aventura de Leadgate terminaría como terminó y no hicieron sino sentarse a esperar que todo estallara para decir "yo se los dije"?

Campiani quiere salir corriendo de Pluna. Busca la puerta más próxima y, como el gobierno no quiere admitir su error, lo provoca. Elimina la ruta a Madrid sin avisar. Y se lo permiten, porque saben que el hombre está buscando una excusa para mandarse mudar, vendiendo su parte y buscando otros negocios tan buenos como este.

El gobierno mira para otro lado. Y Campiani dobla la apuesta. No paga a Ancap una deuda de millones de dólares y sigue tan campante. Vuela con nafta que le compra, y le paga, a la brasileña Petrobras. Pero ni un peso para su socio, el Estado uruguayo. ¿Ahora sí se puede ir? Tampoco. El gobierno le recuerda la deuda, pero no quiere incomodarle demasiado. Después de todo, ¿quién pagaría la factura si Leadgate dejara Pluna a la deriva y demostrara el tamaño del error de los funcionarios que le vendieron la empresa de ojitos cerrados?

Campiani se está impacientando. Ya no sabe qué hacer para tener una excusa para irse. Ahora ha decidido -¿alguien cree que sin pensarlo?- despedir a un comandante de Pluna que además es el vocero del sindicato de funcionarios de la empresa. ¿Le tolerará también el gobierno de izquierda esta provocación? ¿Será que Campiani puede lo que en este país ningún otro empresario puede? El tiempo, que le dio la razón a los que no creían en este negocio, tendrá la última palabra.

elpepepregunton@gmail.com

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