Gustavo Penadés
El Rector de la Universidad de la República, Dr. Rodrigo Arocena, viene propiciando un debate largamente postergado. Es que, desde la aprobación de su Ley Orgánica, la Udelar no generaba una instancia en la que se analizara a sí misma y al papel que cumple en la sociedad.
La tesis que hasta ahora prevaleció, era la de que admitir la pertinencia de la necesidad de una revisión de su marco jurídico y de sus principales líneas estratégicas implicaba hacer, de alguna manera, el juego a los partidos fundacionales, a los que enfrentaba el progresismo desde su baluarte universitario. En el entendido de que toda reforma de la Ley Orgánica sería contraproducente por provenir de ellos, siquiera se aceptó la eventualidad de la misma.
Con el triunfo del Frente, paulatinamente, se comenzaron a escuchar voces sosteniendo que se estaba en el momento justo; en el Gobierno y con mayoría parlamentaria. Pero, todo hace indicar que el período terminará sin que se llegue a la articulación de una propuesta concreta.
Uno de los temas que está sobre la mesa es el de la relación entre el mundo del trabajo y la educación. Aunque, es razonable pensar que pertenece a la esencia de las cosas que la educación, cualquiera sea su nivel, no puede estar desligada de su rol de incorporar capacidades que habiliten a las personas para desempeñarse en el mundo laboral; dicho concepto no es aceptado pacíficamente. Es posible relevar, no sólo en el mundo universitario, una concepción que entiende que no está bien, que no es ético, hacer hincapié en la relación instituciones educativas-trabajo. Es decir: vincular la formación a las demandas que presenta el mercado de trabajo.
Aunque la tesis expresada anteriormente no goce de general aceptación a nivel de la sociedad, sí la tiene en algunos de los sectores que se tornan decisivos a la hora de discutir y decidir al respecto. Detrás de sus posiciones se esconde un pensamiento que, a pesar de haber sido descartado por casi todo el mundo, sigue contando en Uruguay con numerosos adeptos. Se añora un mundo que ya no existe: cerrado y en el que la riqueza de las naciones y el trabajo de las personas se fundamentaba básicamente en la producción de bienes. Si bien ello ha sido clave para el progreso del mundo y, últimamente, para sacar de la miseria y la pobreza a miles de millones de personas (China, y hoy Vietnam son buenos ejemplos de ello), la mayor fuente de riqueza y de desarrollo de las sociedades encuentra su origen hoy en el conocimiento. Investigación, tecnología, comunicaciones, servicios, patentes, son, y sin duda serán cada vez más, las palabras claves del hombre del siglo XXI.
¿Puede el Uruguay darse el lujo de obviar esa realidad y de orientar la Educación en tal dirección? Sin duda que no. Tampoco lo hacen algunos de quienes, paradojalmente, se resisten a la misma. Existe un tick de la izquierda sudamericana que, al mismo tiempo que se forma y trabaja en el mundo desarrollado, añora una suerte de Arcadia para los demás, sin advertir todo lo que está en juego.
Nos parece por tanto muy pertinente la tarea emprendida por el Dr. Arocena y confiamos en que no se intente circunscribir la discusión al interior de la Institución; porque la Udelar no existe por los universitarios, sino para servir a los intereses de la sociedad toda.