Dogmáticos como siempre, adoctrinados por predicadores que desde hace un siglo y medio profetizan el fin del capitalismo, los marxistas puros y duros que aún alientan entre nosotros creyeron que la hora de su revancha había llegado ¡por fin! en estos días en que las bolsas se desbarrancaron y los bancos se las vieron en figurillas para contener la sangría. Incluso, un alto dirigente del comunismo vernáculo llegó a decir que, gracias a su partido, Uruguay se salvó de los efectos de la crisis financiera universal. "Si hubiéramos firmado un Tratado de Libre Comercio con Estados Unidos, imagínense cómo estaríamos ahora", comentó.
Descorazonan expresiones de este tipo, surgidas de políticos integrantes de este gobierno, porque revelan una ignorancia supina. De haber firmado un TLC con Estados Unidos, como Chile por ejemplo, estaríamos mejor porque tendríamos ciertas preferencias en el comercio con el país del Norte porque para ello se firman, precisamente, esos acuerdos que sirven más en tiempos difíciles que en los comunes.
Errores de perspectiva tan graves sólo son concebibles en gente que continúa aplicando el marxismo como si de una religión se tratara. Detestan el sistema capitalista liberal, pero su drama personal es que carecen de un proyecto sustitutivo viable que haya tenido éxito en algún lugar del mundo. Quieren ignorar que el formidable desarrollo del mundo occidental en los dos últimos siglos se debió al desarrollo de un sistema basado en la libre iniciativa y en la competencia. Ahora, procuran divisar en esta crisis financiera al jinete del Apocalipsis llegado para destruir las democracias occidentales, esas que en la Guerra Fría sepultaron al totalitarismo de inspiración soviética y estatista.
Por desgracia, en ciertos sectores de la izquierda gobernante alienta esa actitud revanchista y desdeñosa ante el capitalismo liberal que, aun con sus imperfecciones y en medio de traumas como los que hoy padece, es capaz de enmendarse a sí mismo y de encontrar soluciones sin poner en riesgo las formas democráticas de gobierno. Un sistema que dista de ser perfecto, pero que, como ya se dijo, es el menos malo de todos los sistemas.