Luciano Alvarez
El 6 de marzo de 1953 -al son de la Sexta Sinfonía de Tchaikovsky (Patética)- Radio Moscú anunciaba la muerte del Iósif Stalin. A las cuatro de la tarde, el cuerpo reposaba en la sede de los sindicatos, sobre enormes ramos de flores frescas. Nikita Krushchev dirigía cada detalle del grandioso funeral, tal como Stalin lo había hecho con Lenin, 27 años atrás.
En tres días, unos cinco millones de personas desfilaron frente al "Padrecito de los pueblos"; el 9 de marzo la Plaza Roja se llenó de delegaciones y líderes mundiales. Los sucesores de Stalin cargaron el féretro hasta depositarlo junto a Lenin, mientras los comunistas de todo el mundo lloraban la muerte de su jefe.
"Camarada Stalin, yo estaba junto al mar en la Isla Negra descansando de luchas y de viajes cuando la noticia de tu muerte llegó como un golpe de océano", escribió Pablo Neruda, encabezando un largo poema elegíaco, saturado de alabanzas: "Stalin / construía. / Nacieron / de sus manos / cereales, / tractores, / enseñanzas, / caminos, / y él allí, / sencillo como tú y como yo, / si tú y yo consiguiéramos / ser sencillos como él. / Pero lo aprenderemos. / Su sencillez y su sabiduría, / su estructura / de bondadoso pan y de acero inflexible / nos ayuda a ser hombres cada día".
No era la primera vez que el poeta chileno rendía su amor al líder soviético. En su Canto General puede leerse: "Stalin alza, limpia, construye, fortifica / preserva, mira, protege, alimenta, / pero también castiga". (VIII/16, 1950)
Sí, claro que el camarada Stalin castigaba; castigaba por millones. "Nadie en la historia hizo matar a un número tan elevado de compatriotas", recuerda el historiador ruso Roy Medvedev.
Incluso no tenía empacho en hacerlo personalmente. Más de una vez invitó a cenar a un antiguo camarada; en un determinado momento fingía un ataque de indignación y lo mandaba matar. Gozaba al ver el terror en los rostros desgraciados. Se cuenta que durante una representación del ballet Bolshoi, aprovechó el intermedio para ir hasta una prisión y ejecutar personalmente a un grupo de condenados; volvió para el segundo acto.
Stalin combinaba sus tendencias paranoides con una rendidora astucia. De manera que resulta imposible descifrar los límites entre su personalidad patológica y su frío cálculo político
Lo único cierto es que cada supuesta conjura en su contra, justificaba el terrorismo de estado que mató o esclavizó a millones para edificar sobre sus desgracias un país industrial y una superpotencia militar.
En enero de 1953, la paranoia del dictador, que acababa de cumplir 74 años, tuvo un nuevo empuje.
Su salud se deterioraba. Vladímir Vinogradov, su médico personal, le diagnosticó una hipertensión aguda, propuso un tratamiento y recomendó reposo. Stalin se negó a seguir las prescripciones.
Por esos mismos días, recibió una carta de la doctora Lidia Timashuk, una especialista del Policlínico del Kremlin, que trabajaba como agente secreto de Lavrenti Beria, el temido jefe del Servicio de Seguridad del Estado. En ella se acusaba a Vinogradov y a otros ocho médicos -la mayoría judíos- de recetar tratamientos inadecuados a altos mandos del Partido y del Ejército, con el fin de asesinarlos.
Los médicos fueron arrestados de inmediato. Dos murieron durante los interrogatorios y los siete supervivientes acabaron firmando la ya clásica confesión. El propio Stalin denunció en el diario Pravda "La Conspiración de los Médicos".
También por esos días desapareció su secretario privado. El 15 de febrero, su guardaespaldas en jefe murió de lo que oficialmente se llamó "una muerte prematura".
El terror volvía a apoderarse de miles de dirigentes de primera línea ante la perspectiva cierta de una nueva purga.
Los más próximos al dictador se encontraban, razonablemente, entre los más preocupados: el ya citado Lavrenti P. Beria, el ministro de Defensa Nikolai Bulganin, el viceprimer ministro Georgi Malenkov y Nikita Krushchev, jefe del poderoso comité del partido en Moscú y de los comités regionales.
Algunos también abrigaban otro tipo de miedo: que Stalin se orientara hacia un conflicto cada vez más feroz con los Estados Unidos.
La noche del sábado 28 de febrero de 1953 fueron invitados a pasar juntos el fin de semana. Cenaron, bebieron abundantemente y vieron una película. Stalin era un fanático del cine que adoraba las de vaqueros y el Tarzán de Johnny Weissmüller.
Ignoramos los detalles de aquella noche generosa en al- coholes. Hay quienes dicen que hubo discusiones fuertes.
A las cuatro de la madrugada del 1º de marzo, Stalin se fue a dormir y cada uno de los invitados se retiró a su dacha.
El día transcurrió sin novedades, salvo que Stalin no salió de sus habitaciones en toda la jornada.
Nadie se atrevió a interrumpir su soledad. Los guardaespaldas, sirvientes e invitados le tenían demasiado miedo como para llamar a su puerta.
Por fin, un mayordomo se decidió a entrar y lo encontró tendido en el suelo, vestido con la ropa que llevaba la noche anterior, orinado y sin poder hablar: había sufrido una apoplejía. Eran las diez de la noche del domingo 1º de marzo, había pasado 18 horas en ese estado, solo.
Fueron llegando Malenkov, Krushchev, Bulganin y Beria. Pasarían todavía otras diez horas antes de que Beria tomara la decisión de hacer llamar a un médico.
Los cuatro colegas se turnaron en parejas para acompañar al enfermo, mientras hacían planes y discutían sobre su incierto futuro.
De tanto en tanto, Stalin abría los ojos -era la única y todavía poderosa arma que le quedaba- y miraba con furia a quienes lo rodeaban. En estos momentos Beria le tomaba la mano y le hablaba amorosamente. Pero apenas volvía a perder el conocimiento, le insultaba y le deseaba una dolorosa muerte.
Así pasaron casi dos días. El 4 de marzo, Stalin despertó por última vez y lanzó su mirada de furia a cada uno de los cuatro. El 5 de marzo de 1953 el corazón dejó de latir y se produjo su primera muerte.
Menos de un mes más tarde comenzaba el proceso de su segunda muerte.
Los médicos, víctimas de la supuesta conspiración, fueron exonerados y se consideró que el caso en su contra había sido una invención de la policía secreta. Krushchev, el enterrador, desplazaba a sus compañeros de aquella larga vigilia. Sucedió a Malenkov como jefe del partido, degradándolo al puesto de jefe de una estación eléctrica en provincia. Era un progreso. Stalin lo hubiese matado.
A Beria le tocó el papel de cabeza de turco, para el que había hecho indudables méritos: el 24 de diciembre él y seis de sus colaboradores fueron procesados, acusados de alta traición y ejecutados.
Finalmente, en febrero de 1956, el nuevo líder de la Unión Soviética pronunció su famoso "discurso secreto" ante el XX Congreso del Partido, detallando explícitamente la barbarie de su predecesor.
Los partidos comunistas del mundo comenzaban a olvidar al padre de los pueblos.
El sitio internet de la Universidad de Chile, dedicado a Pablo Neruda, publica una profusa antología del poeta donde la palabra Stalin no aparece.