Adabel y la moral del espectáculo

MATÍAS CASTRO

En la columna de ayer se hablaba del poder de las lágrimas en televisión, y en particular del caso de la vedette Adabel Guerrero. Se presentó la semana pasada en el programa Hoy puede ser, de Andrea del Boca, y ahí contó su historia personal.

La cuestión fue una sorpresa, al menos para mí. Adabel reveló que tuvo una infancia complicada. Fue criada por una madre con problemas de alcoholismo y con un padre ausente, que estaba en Estados Unidos. Su madre murió cuando ella era joven, y tuvo que criarse como pudo. Once años después de haberse separado de su padre, se reencontró con él en un viaje. El señor estaba en Argentina y ella lo invitó a verla en un espectáculo en el que trabajaba en Mar del Plata.

En el programa de la semana pasada (el reencuentro con el padre había ocurrido hacía mucho tiempo), Adabel se encontró con su padre en cámaras, como sorpresa preparada por la producción. Allí el señor le prometió que no haría con sus nietos (los futuros hijos de Adabel, por cualquier duda), lo que hizo con Adabel. Gran emoción y mares de lágrimas.

Lo sorprendente fue ver este costado de la vida de una persona de la que habitualmente sólo se ve el trasero o las siliconas. Y aunque parezca esto una alusión de mal gusto, Adabel, al igual que muchas otras vedettes, viven de mostrar su cuerpo.

Otra cuestión sorprendente, tal vez por cuestiones de formación moral, es ver cómo una vedette puede entender su propia carrera. En el programa de Andrea del Boca hizo una donación a un merendero, porque, según contaba, ella pasó por una situación carenciada similar y quería que los chicos evitaran las drogas y otros males. Esa especie de moral que mostró, parece casi reñida con el mundo del espectáculo que se puede imaginar desde lejos. El tema continuará mañana.

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