HUGO GARCIA ROBLES
El concepto del color instrumental, está profundamente impreso en la música de Mauricio Ravel. Tan profunda era en el maestro francés esta relación con el timbre que decía no hay obras bien o mal instrumentadas sino bien o mal escritas. Además, al margen de la magistral instrumentación que realizó para "Cuadros de una exposición" de Mussorgsky, trasladando a la orquesta sinfónica una composición nacida para el piano, su propia obra es testimonio de su absoluto dominio del reino de los timbres.
El "Bolero" es una obra arquetípica desde este punto de vista. La partitura, una de las más difundidas y populares del repertorio sinfónico, generó en su momento opiniones encontradas. El tiempo ha corrido lo suficiente para que las aguas remansen y la unanimidad aplauda sin reservas esta obra maestra, típicamente representativa del genio de Ravel.
La composición se originó en un pedido de la bailarina Ida Rubinstein. El argumento del ballet consistía en una danzarina que sobre una mesa de una taberna baila frenéticamente una danza de ritmo obsesivo, mientras que otras figuras, estimuladas por la sensualidad que se desprende de la música y de la bailarina, rodean a la protagonista sin interferir con sus desplazamientos.
Estrenada en 1928, con la coreografía de Nijinsky, el propio autor pudo definirla en estos términos: "a pedido de Ida Rubinstein compuse un Bolero para orquesta. Es una danza de un movimiento muy moderado y constantemente uniforme, tanto por la melodía y la armonía como por el ritmo. El único elemento de diversidad lo aporta el "crescendo" orquestal".
El decorado fue realizado por Alejandro Benois aunque en la cabeza de Ravel rondaba un argumento totalmente alejado del que finalmente danzara la Rubinstein en el escenario de la Ópera de París. El músico había pensado en el movimiento de una fábrica y el carácter automático de la producción en serie, entretejido con pasiones no muy alejadas del dramatismo de "Carmen" de Bizet.
En definitiva, la música se ha impuesto al margen de su utilización en un ballet. Ravel insistió mucho, dirigiéndolo él mismo, en el carácter uniforme del "tempo", siempre igual, sin asomo de aceleración. Tuvo por esta causa diferencias con distintos directores que intentaron apartarse de este principio que el autor juzgaba fundamental.
La diversidad de los timbres que el músico utiliza es muy grande y las combinaciones instrumentales logran efectos totalmente inéditos. Por ejemplo, la superposición de la celesta y el corno, realmente mágico. Esta magia, por cierto, se despliega en la entrada de los violines que, al mediar la obra, se dejan oír con la melodía del "Bolero" como un rayo de luz en la oscuridad. Muchas razones sostienen y justifican la fama de esta composición.