No llores por mí Argentina

JOSE MASTANDREA | DESDE EL ARCO

A Pelé lo curtían a patadas. Le pegaban en todos lados y el "negro" no se quejaba. Todo lo contrario. Te esperaba mansito, calladito la boca y te ponía una "plancha" que podía quebrarte.

A Maradona lo corrieron en todos lados. Le pegaron mucho. Lo acostaron con patadones formidables, con codazos arteros y con manotazos en los hombros, el pecho y la cara. Nunca se quejó. Bancó como un general.

Al Enzo, lo sacudían seguido. Tuvo la suerte de jugar muchos años en Argentina y ahí lo idolatraban tanto que pocos se atrevían a pegarle. Pero en Francia, en Italia, y jugando con la celeste en el pecho, Francescoli pasó más tirado que corriendo. Y tampoco se quejaba.

Lo del sábado rompió los ojos porque los argentinos se la pasaron gesticulando y quejándose al juez.

Pierna fuerte hubo siempre. Y si antes no se había dado un partido así en el clásico rioplatense fue porque la diferencia fubolística no ameritaba tanta fricción, tanta lucha, tanta fuerza, tanto patadón.

Cada vez que Uruguay fue a Buenos Aires, Argentina lo vapuleó y no daba ni para mirar fijo a los rivales. Y cuando vinieron a jugar a Montevideo, jugaron clasificados y hasta hicieron fuerza para que Uruguay tuviera un lugar en el repechaje. Aflojaron, jugaron con el freno de mano puesto y aún perdiendo, se fueron con una sonrisa en la boca.

Lo del sábado fue distinto. Porque el gol de Lugano y la propia falta de fútbol de los argentinos hizo pensar en un empate que hubiese sido hazañoso.

Messi, el "Kun" Agüero, Tévez y el propio Riquelme ambientaron la reacción y las patadas.

Hay que jugar pero sin sobrar.

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