Anacrónico y estéril

Cuando a comienzos de la última década del siglo XX se produjo el irreversible colapso de la URSS y, por tanto, de la doctrina marxista leninista que le servía de sustento, los países satélite que integraban ese bloque siguieron el curso de esa caída. Sólo quedaron enhiestos algunos pocos adherentes a la concepción estaliniana del poder: nadie de Europa, muy pocos en Asia (China, con un camino propio de carácter mixto, igual que Vietnam) y especialmente Nordcorea, un régimen realmente atrabiliario. Por último, en América, el totalitarismo marxista sobrevive en el sistema vitalicio y hereditario personificado por los hermanos Castro.

No aludimos a la situación imperante en algunos países africanos porque en ellos el marxismo se tiñe de tribalismo y deja de constituir un modelo típico de aquella ideología. Nos interesa, sí, señalar que la actual tendencia política europea es la de apartarse de toda filiación con la doctrina marxista y, aun, con las expresiones socialdemócratas con las que, principalmente, se identificó Suecia.

El panorama electoral del viejo continente muestra, de manera inequívoca, que no se navega hacia la izquierda sino hacia las verdaderas concepciones de la democracia. El electorado entiende que todo lo que huela a comunismo es anacrónico y, además, estéril.

Distinto, casi opuesto, es el panorama que presenta América Latina. Cuando en los países desarrollados se tiene clara conciencia de que las eventuales medidas económicas y políticas que pudiera adoptar un régimen marxista sólo pueden conducir a más miseria y más perdida de los derechos humanos, en América Latina esa ideología sigue teniendo adeptos y sigue sembrando esperanzas de progreso. ¿A qué se debe esta dicotomía occidental luego de terminada la Guerra Fría y después de constatarse, hasta la saciedad, que la calidad de vida no se mejora sino que se envilece con la adopción del sistema marxista?

Para cualquier observador imparcial de la realidad mundial es obvio que nada bueno puede esperarse de una ideología asociada a algunas de las peores expresiones de totalitarismo y deshumanización. Pero esa convicción no se ha hecho carne en parte importante de la intelectualidad latinoamericana, captada, durante décadas, por el espejismo con el que engañaba la URSS, por todo lo que, detrás de él, se ocultaba y, además, por una persistente e interesada campaña antiyanqui, que, lógicamente, allegaba aguas para el molino marxista. Esto último es lo que, hoy en día, continúa. Es lo que mueve al castrismo, al chavismo y a los que siguen sus pasos en Bolivia, Ecuador y Nicaragua así como a los integrantes de los partidos de izquierda latinoamericanos. ¿Cómo es que se rinde culto a Fidel y cómo es que se considera intocable todo lo relacionado con la revolución cubana y, al mismo tiempo, se pretende predicar el respeto a los derechos humanos? Para L. Harrison ("El subdesarrollo está en la mente") esta contradicción se origina en lo que heredó América Latina del tronco cultural hispánico. Lo curioso es que -como dice el pensador venezolano Carlos Rangel- España se ha desvinculado de ese tronco histórico mucho más que América Latina. Ello le permitió lograr el pluralismo político, un aceptable equilibrio social y el progreso económico. Porque, entre otras cosas, hizo a un lado el desprecio secular hacia el trabajo manual que cultivó durante siglos.

América Latina, mayoritariamente, continuó en la misma senda que su Madre Patria había abandonado. Rindió culto a la máxima inhibidora de que "el otro es el culpable de lo que nos pasa". La teoría de la dependencia y la teología de la liberación fueron las hermanas de leche que contribuyeron a que su intelectualidad, sus políticos de izquierda y sus perezosos mentales consolidaran un trasfondo cultural proclive no al desarrollo, sino a la simple implantación de corrientes marxistas. Mientras Europa es el Primer Mundo, nuestro continente no logra salir del Tercer Mundo, con algunas excepciones conocidas.

Y menos aun lo logrará si persiste en creer que las fórmulas marxistas, que fracasaron cuantas veces se pusieron en práctica, serán capaces de conducir al tan anhelado progreso de estas naciones sólo porque un grupo de exaltados así lo determina.

El éxito no es decretable a voluntad. Ya lo deben haber descubierto tanto algunos titulares del gobierno como sus sectores radicalizados y, desde luego, el Poder Sindical, experto en "todología".

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