Azúcar amargo

La experiencia azucarera en el norte del país sigue aportando malas noticias pues una vez más los plantadores de caña se quejan de la baja rentabilidad de la producción. Se sabe que en 2007 perdieron 800 dólares por hectárea mientras que este año las pérdidas se cifran en 300 dólares por hectárea. Así, no hay negocio que aguante, por más refinanciación de deudas que la empresa estatal Alur (Alcoholes del Uruguay) les haga y por más préstamos que se le concedan para que pueda funcionar. La realidad sigue demostrando que Uruguay carece de condiciones para convertirse en productor eficiente de azúcar, capaz de competir con los precios del mercado internacional.

El azúcar, se sabe, es un cultivo tropical que no se cosecha fácilmente en un clima templado como el nuestro que suele descargar periódicas heladas invernales. Así se suceden las zafras de bajo rendimiento, sin que los fondos del Brou o los petrodólares de Chávez alcancen a obturar los agujeros que va dejando Alur, a costa, naturalmente, de los bolsillos de los contribuyentes. Esta situación deficitaria fue corriente en el pasado, a pesar de lo cual el gobierno del Frente Amplio se empeñó en relanzar pomposamente la industria azucarera nacional bajo el frustrado rótulo del "Uruguay productivo". Eso es algo llamativo cuando Brasil, vecino y socio en el Mercosur posee un clima que permite producir azúcar a menores costos.

El peligro es que este emprendimiento del cual se envanece el titular de Ancap, Raúl Sendic, termine obligándonos -como otrora- a pagar más caro el azúcar uruguayo. Por ahora, Alur resiste a las presiones de los plantadores que amenazan con organizar una marcha cañera de protesta, al estilo de aquellas tan fragorosas de los años sesenta. Alegan que su situación es ruinosa y que se endeudan de manera creciente por concepto de arriendo de los predios y la maquinaria. Reclaman más ayuda del Estado, es decir, de todos nosotros, para financiar una experiencia que ya probó ser antieconómica.

En tanto, la operación prosigue incólume su marcha, quizás porque se trata de cumplir un proyecto político en el cual poco importan los resultados económicos.

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