Pese a la aprobación del plan de "salvataje" ideado por el gobierno del presidente Bush en EE.UU., no hay certeza de que renazca la calma en los mercados financieros y bursátiles mundiales. Es que no puede haberla, porque ello depende de un elemento sicológico, cual es el de la confianza. Por más grande que sea la inyección de dinero proyectada para salvar a bancos y empresas en graves dificultades -nada menos que 700.000 millones de dólares-, si los ahorristas siguen nerviosos y prefieren vaciar sus cuentas bancarias y mal vender sus acciones antes de que no valgan nada, la crisis empeorará y será igual o más grave que la de 1929.
En tal caso, vendrán la recesión y el paro forzoso de millones de trabajadores, al igual que a partir de 1930. Que se extenderá a otros países -y más tarde a muchos otros-, como entonces sucedió y como es inevitable que suceda, en la era de la economía globalizada.
En alguno de los tantos artículos aparecidos sobre este cataclismo financiero en la nación más poderosa del planeta, leí que la formidable crisis de hace casi ochenta años no se circunscribió a lo económico. Tuvo, también, graves repercusiones políticas. Una de ellas, ciertamente la peor, fue que facilitó el fin de la frágil República de Weimar y el acceso de Adolfo Hitler al poder, en 1933.
En la Argentina, muchos despistados creyeron, cuando los coletazos del colapso de Wall Street golpearon a su país, que las dificultades económicas se debían a la ineptitud del gobierno y de su anciano presidente, Hipólito Irigoyen. Así se abrió cauce al golpe militar del 6 de septiembre de 1930, fecha nefasta en su historia. Tan nefasta, que tras ella vinieron "la década infame", medio siglo de golpes de igual signo y una progresiva decadencia institucional y cultural, que parece no tener fin.
En nuestro Uruguay, también sobrevinieron dificultades económicas, a partir de 1931, que trajeron serios enfrentamientos políticos. Y, finalmente, el golpe de Estado del presidente Terra, el 31 de marzo de 1933.
Confiamos -no ciegamente- en que esta vez no habrán consecuencias de ese carácter tan lamentable. Pero lo que sí es seguro, ya lo dijimos el pasado domingo, es que no habrá "blindaje" de reservas que salve a ningún país de la crisis, si las consecuencias del derrumbe estadounidense se generalizan, como ya ha empezado a ocurrir en algunos bancos europeos. Y en las principales bolsas del viejo mundo. Y también en las de nuestro continente.
En tales condiciones, creer que el Uruguay va a ser un oasis de solidez económica, en medio del huracán que azota a las finanzas de los EE. UU. y que ya se aproxima a otras costas, es una reverenda zoncera. Por suerte, varios analistas, incluido el ex presidente Jorge Batlle, ya han marcado su rotunda discrepancia con ese enfoque irreal.
Por otra parte, los hechos, a los que siempre hay que atenerse, ya han demostrado que, como en la Biblia, también para nosotros han terminado los siete años de vacas gordas. El País informaba ayer que nuestros bonos, tanto los globales como los locales, tuvieron fuertes bajas el día anterior, que el riesgo país alcanzó su mayor nivel desde junio del 2005, que el incremento de las exportaciones se desaceleró en el tercer trimestre del año y que el Banco Central tuvo que vender, en un solo día, 47 millones de dólares para detener el alza de la moneda verde.
No queremos ser alarmistas sino realistas. No son, las citadas, novedades desastrosas. Pero sí demuestran, sin sombra de dudas, que no estamos ni estaremos inmunizados contra la crisis americana.
Que no empezó ayer. Búsqueda publicó una prolija cronología de la misma, que principió el 31 de julio de 2007, agravándose sin cesar, hasta llegar al presente desastre.
En tales condiciones, que nuestro miope gobierno y su ex Ministro de Economía hayan utilizado la Rendición de Cuentas para despilfarrar recursos con inequívocos fines electorales, ha sido un acto de irresponsabilidad que al país le va a costar caro. Ojalá nos equivoquemos. Como se equivocaron feo Lula, Chávez y Evo Morales al reclamarle a Bush que el costo de la crisis no lo paguen los países pobres. ¡Qué sandez! Lo pagarán todos los países, empezando por los Estados Unidos.