Tragedia y mentira

JUAN MARTIN POSADAS

Bolivia sufre un penoso desgarramiento, uno más de los tantos de su historia. Las falsedades y el desconocimiento con que se lo reviste y transmite lo hacen aún más sombrío y difícil de resolver.

Para el observador poco informado -y aún para el periodismo rápido y simplificador- el asunto se reduce a un enfrentamiento entre el presidente Evo Morales y cinco provincias del oriente del país; los del llano, ricos y blancos, se quieren independizar de los indios de La Paz y del gobierno legítimo de Morales. Nada de eso.

Bolivia comprende dos realidades muy distintas, tanto desde el punto de vista geográfico como étnico, económico e histórico. Quien ignore este dato hará un análisis incompleto y sacará conclusiones falsas. Hay una Bolivia del altiplano, mineral, dura como la piedra, humillada y explotada desde antes de la conquista, de habla y cultura quechua y aymara, que vive arriba de los tres mil metros, allá donde es difícil cultivar la tierra, trasladarse de un lado a otro y hasta respirar. La otra es la Bolivia de oriente, del llano, tropical y húmeda, llena de vegetación, cálida y distendida, agrícola y sin un pasado que duela.

He estado en Santa Cruz de la Sierra un par de veces. En cuanto llegué me llamaron la atención dos cosas. Los autos y camionetas lucían casi todos stickers con la leyenda "soy Camba". Proclamaban con orgullo su origen étnico, de raza guaraní. Además me llamaron la atención los graffitis en los muros: no proclamaban fuera el FMI o "yanquis go home" sino "muera la dominación del altiplano". En tiempos remotos la riqueza del país se encontraba en la montaña, en las minas de plata y estaño, riqueza colosal que atrajo la conquista, la dominación y el despojo secular. Allá en la altura se instaló la industria, la administración, la Iglesia, el gobierno y la política. El llano, sin riqueza mineral, no era atractivo, era nada, no existía. Incluso un gobernante (Melgarejo, 1864-1871) le regaló un pedazo al Brasil: eso hoy es el Acre, parte de Brasil.

Pero, con el tiempo, todo se dio vuelta. La riqueza mineral se agotó, la expoliaron los extranjeros y algunos bolivianos. Y en el llano Camba, lejano y olvidado, apareció petróleo, se tapó de soja (y la coca, siempre presente, se convirtió en industria de exportación). Los ricos se empobrecieron y los otrora pobres ahora están ricos. Son tan indios o mestizos los unos como los otros.

Las historias varían y las circunstancias han cambiado. Evo Morales es gobernante legítimo y popularmente elegido, su jurisdicción es todo el país y ninguna provincia lo puede desconocer. Pero no hay gobierno que pueda sostener una política que no haga lugar a la historia y no contemple cambio de circunstancias tan grande. Las provincias del oriente no quieren independizarse: eso es mentira. Plantean autonomía y poder usufructuar la riqueza que generan sin que se la coma la capital. El gobierno habla de conspiración, fórmula preferida de las izquierdas folclóricas; para ellas los pueblos nunca tienen problemas, sólo hay conspiraciones. El diálogo que es buscado como salida para ese impasse interno deberá tener en cuenta la realidad integral de Bolivia, única manera en que podrá ofrecer alguna solución durable. Si se demora el nerviosismo irá alimentando, en ambos lados, una irracionalidad que confundirá del todo las causas del diferendo.

Lo que está sucediendo en Bolivia es triste. Lamentable por el costo que impone a ese sacrificado país y penoso en cuanto a la difusión -una vez más- de análisis políticos ignorantes y falseados.

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