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Sábado 27.09.2008, 13:27 hs l Montevideo, Uruguay
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Editorial

Crónicas de luz y sombra

El solitario de Salamanca

Luciano Álvarez

El 12 de octubre de 1936, el paraninfo de la Universidad de Salamanca está repleto. Es la ceremonia de apertura del curso académico. Por esos días, Salamanca era la breve capital de las fuerzas militares alzadas contra la República.

Don Miguel de Unamuno, Rector perpetuo preside la ceremonia. Ante desconcierto general, el célebre escritor había apoyado el alzamiento militar, en la vana esperanza de terminar con la violencia política que se había apoderado de España. Pero ahora está desconsolado, horrorizado e impotente. Decenas de sus mejores amigos y probos ciudadanos han sido encarcelados o muertos. De nada valen sus gestiones, sus ruegos o sus protestas. No ha podido salvar un solo justo.

Luciano González Egido (Agonizar en Salamanca, Unamuno) cuenta: "Al sentarse el viejo rector, en su sillón presidencial, en el bolsillo de la chaqueta crujió la carta de la mujer de su amigo Atilano Coco, el pastor protestante, condenado a muerte. La sacó con cierta dificultad por entre la vestimenta generosa del protocolo académico".

A la derecha de Unamuno está Carmen Polo, la esposa del General Franco, A su izquierda Enrique Plá I Deniel, Obispo de Salamanca. El último asiento del estrado estaba reservado para el General José Millán Astray, fundador de la Legión extranjera española; antiguo jefe de Franco y ahora su más devoto propagandista. Como era habitual, "el glorioso mutilado" irrumpió en la sala escoltado por sus legionarios armados con metralletas; una puesta en escena entre patotera y mussoliniana.

Sólo hay dos oradores previstos: Unamuno había declinado hacer uso de la palabra El primero fue el joven escritor José María Pemán. Le siguió el catedrático de lengua Francisco Maldonado de Guevara que atacó duramente a vascos y catalanes.

Unamuno ha colocado la carta sobre la mesa; pausadamente la estira y comienza a tomar notas en el reverso del sobre.

Cuando Maldonado de Guevara termina, entre aplausos y vítores, el rector se pone en pie, observa, espera el silencio y dice: "Dije que no quería hablar porque me conozco. Pero se me ha tirado de la lengua y debo intervenir. Se ha hablado aquí de guerra internacional en defensa de la civilización cristiana; yo mismo lo hice otras veces. Pero no, la nuestra es sólo una guerra incivil. Vencer no es convencer, y hay que convencer, sobre todo, y no puede convencer el odio que no deja lugar a la compasión; el odio a la inteligencia que es crítica y diferenciadora, inquisitiva, más no de Inquisición... Se ha hablado también de catalanes y vascos llamándolos la anti-España; pues bien, por la misma razón pueden ellos decir otro tanto....".

El general Millán Astray hace ostentosos gestos de indignación. Luego da un golpe sobre la mesa y pide la palabra. Unamuno, así interrumpido, se sienta.

Millán reitera las diatribas contra vascos y catalanes, a los que obviamente agregó a socialistas, republicanos y comunistas. "¡El fascismo, remedio de España, viene a exterminarlos, cortando en la carne viva y sana como un frío bisturí!", gritó. Quiso agregar alguna frase más, pero se exaltó tanto que las palabras se le ahogaron. Entonces, se cuadró marcialmente, mientras trataba de recuperar el aire.

Los gritos de "¡Viva España!" llenaron el paraninfo; su escolta presentó armas y alguien del público gritó: ¡Viva la muerte!", el lema de Millán Astray en la Legión Extranjera.

-¡España!- responde Millán Astray, salpicando de saliva a las primeras filas de asistentes.

El paraninfo es un escándalo de voces desaforadas que gritan: "¡Una, Grande y Libre!." Unamuno espera en silencio, luego se quita los lentes. Tiene aspecto cansado pero su gesto es imperturbable. Y vuelve a hablar:

"Acabo de oír el grito necrófilo e insensato de `¡viva la muerte!`. Esto me suena lo mismo que, `¡muera la vida!`. (…) , he de deciros, con autoridad en la materia, que esta ridícula paradoja me parece repelente. Puesto que fue proclamada en homenaje al último orador, entiendo que fue dirigida a él, si bien de una forma excesiva y tortuosa, como testimonio de que él mismo es un símbolo de la muerte."

"¡Y otra cosa! El general Millán Astray es un inválido. No es preciso decirlo en un tono más bajo. Es un inválido de guerra. También lo fue Cervantes. Pero los extremos no sirven como norma. Desgraciadamente, hay hoy en día demasiados inválidos. Y pronto habrá más, si Dios no nos ayuda. Me duele pensar que el general Millán Astray pueda dictar las normas de psicología de las masas. Un inválido que carezca de la grandeza espiritual de Cervantes, suele sentirse aliviado viendo cómo aumenta el número de mutilados a su alrededor".

Millán Astray ha permanecido de pie mirando al rector. Con renovado aire en sus pulmones lanza: "¡Muera la inteligencia!"

Hay otra versión con pequeñas diferencias. Según José María Pemán, lo que Millán gritó fue "mueran los intelectuales", y como vio que varios profesores se daban por ofendidos, aclaró: "los falsos intelectuales traidores, señores".

Unamuno vuelve a la carga:

"¡Venceréis, pero no convenceréis! Venceréis porque tenéis sobrada fuerza bruta; pero no convenceréis porque convencer significa persuadir. Y para persuadir necesitáis algo que os falta: razón y derecho en la lucha. Me parece inútil pediros que penséis en España. He dicho". Se sienta.

La gente se ha puesto de pie, crecen los gritos y algunos puños se levantan contra Unamuno. Un colega le toma de un brazo. "¡Dele usted el brazo a la señora!" -le grita Millán Astray, señalando a Carmen Polo-, más controlado de lo que podría esperarse. Salen. Nunca hubo en la tierra un hombre más solo que Don Miguel de Unamuno aquel 12 de octubre de 1936.

Por cuarta vez fue destituido y expulsado de todos sus cargos y organizaciones a las que pertenecía en Salamanca. Virtualmente recluido en su casa, acaba el "Cancionero poético", cuyos últimos versos son muy sugerentes: «Horas de espera, vacías; / se van pasando los días / sin valor, /y va cuajando en mi pecho, frío, cerrado y deshecho, / el terror ».

El escritor griego Nikos Kazantzakis recogió uno de sus últimos testimonios: "No, no me he convertido en un derechista. No haga usted caso de lo que dice la gente. No he traicionado la causa de la libertad. Pero es que, por ahora, es totalmente esencial que el orden sea restaurado. Pero cualquier día me levantaré -pronto- y me lanzaré a la lucha por la libertad, yo solo. No, no soy fascista ni bolchevique; soy un solitario."

Cuando murió en su casa de Salamanca el 31 de diciembre de 1936, ambos bandos procuraron apropiarse de aquel Unamuno que ya no podría protestar:

Unos, le rindieron honores fúnebres como si hubiese sido un héroe falangista. Los otros, se apropiaron de su último gesto de protesta y su versión se fijó para siempre en la historia.

Nadie quiso aceptar la verdad: Don Miguel de Unamuno era un solitario, en medio de aquella España de todos los demonios.

El País Digital

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sin saber de qué se habla...

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