El viernes 19 se descolgó un anunciado paro de transporte en los servicios de ómnibus desde las cinco de la tarde hasta la medianoche del último día hábil de la semana, espacio de tiempo de quienes más lo necesitan para trasladarse desde y hacia sus domicilios entre la capital e Interior.
Un periodista televisivo preguntó a un dirigente del gremio que había decretado el paro, si no se había tomado en cuenta al decidir la medida que la misma se haría efectiva en el horario más perjudicial para la gente. El dirigente, un señor canoso, con aire respetable y aspecto bonachón, no le dio mayor importancia al sentido de la pregunta limitándose a reflexionar en voz alta que todas medidas relacionadas con la prestación de servicios perjudicaban a los usuarios, al público. Insistió el periodista sobre si la fijación de la hora del paro no era, entonces, una medida estratégica para forzar el reconocimiento a reivindicaciones salariales de manera de sensibilizar a los empresarios y la respuesta fue que todo ese tipo de medidas eran siempre estratégicas -o sea que apuntaban a donde más pudieran doler- pero que no les quedaba otra solución, porque pensar en prestar el servicio sin cobrarle el boleto a la gente arriesgaba a los huelguistas a terminar en un Juzgado, porque implicaba utilizar bienes ajenos con fines espurios. O sea que en la alternativa que se planteó el sindicalista, la opción era cometer un delito y exponerse a una medida penal, o darle un marronazo a la gente. Y se lo dieron con toda el alma.
En el sector del transporte este tipo de determinaciones que dejan a los usuarios a pie, muchas veces bajo la modalidad del paro salvaje, es decir, el no avisado con anterioridad, son habituales. Un delincuente lastima o mata a un trabajador de un ómnibus o a un taxista, y que los usuarios empiecen a caminar. Hay conciencia plena -lo que expresó este dirigente gremial no lo hizo con el tono de un energúmeno que se ciega, sino con una tranquilidad olímpica que llamó la atención- que el verdadero perjudicado con este abandono de servicios espontáneo, es el pueblo. En realidad no hay otro. Y que muy poca cosa o nada se gana con ello, porque no se conoce el caso de un delincuente que se detenga en su propósito pensando en el perjuicio colectivo que traerá de arrastre su acción delictiva. Lo mismo pasa con los taxímetros, que a lo más que llegaron es a poner la famosa mampara -con un olor a negociado que apesta- que los propios choferes reconocen, además de inútil para evitar problemas, como un obstáculo para que el servicio sea usado, porque son muchos los accidentes que un golpe contra la mampara ha causado a los pasajeros, además de la imposibilidad de otros, por razones físicas, de poderse subir al automóvil.
Pero no es esto lo que más preocupa. Preocupa que este tipo de medidas gremiales, no sólo son inocuas, no conducen a nada, sino que además son regresivas, y están enquistadas en una modalidad de ejercicio de pretendidos derechos sindicales que el mundo civilizado utiliza sólo en caso de situaciones extremas, no como si fueran de rutina, como se utilizan aquí. Pero mucho más que eso preocupa el acostumbramiento, la resignación de la gente. En la ocasión que comentamos, la cámara se trasladó a Tres Cruces, en donde se entrevistó a un señor que tenía que esperar hasta pasada la medianoche para volver a Rivera, desde donde había venido a una consulta médica. Y una señora en trance similar que debía acompañar un niño a Mercedes. Pero si alguien le pide opinión a la gente sobre el paro, la mayoría contesta con resignación que está bien, que tienen derecho a defender así sus derechos laborales, y este es el verdadero drama, el de la mansedumbre y mentalidad que arraiga entre quienes son los únicos y verdaderos perjudicados por las consecuencias de la interrupción de servicios que tienen derecho a exigir les sean prestados por quienes les corresponde y no lo ejercen.
Esa mentalidad no se consolidó por casualidad. Pasa lo mismo en el ámbito de la educación, en donde el desinterés de generaciones que se han sucedido por lo que le inculcan a sus hijos en los establecimientos de enseñanza, es lo que explica que estos se hayan convertido en cotos privados de caza de los deformadores de conciencia.
Y así nos ha ido y nos irá si no asumimos a dónde hemos llegado, y peor aún, lo que puede venir todavía.