enfoque
Con la celeste del maestro siempre
EDWARD PIÑÓN
Aposté. Jugué los boletos a un grupo que demostró siempre dar todo por la camiseta celeste. A un equipo que recuperó la estirpe, que mete en cada rincón de la cancha. Y no fallé.
Aunque esta vez no apareció el fútbol dinámico, el del gran control del balón, Uruguay jugó colectivamente. Expuso entereza, rebeldía, compromiso con el objetivo común y eso también merece el justo reconocimiento.
Por más que los 2.600 metros no eran una muralla insuperable, sí se presentaban como una barrera complicada y los celestes respondieron con la solidaridad de un elenco que dio al máximo. Que metió pierna firme en el mediocampo, que cerró caminos para que Juan Castillo no sufriera ni siquiera el acoso de los remates de larga distancia y que complicó a los cafeteros con la justa presión para obligarlos a equivocarse en las entregas.
Ahí ganó el elenco de Tabárez, en la inteligencia para llevar al rival al apremio. Uruguay no fue belleza pura, sí de toque o ritmo se trata, pero su rendimiento utilitario lo llevó al destino que se buscaba, que no era otro que rescatar algunos de los puntos que se habían perdido en el exterior.
Ganó la celeste. Se rompió un maleficio en Colombia y se trepó al tercer lugar de la tabla de posiciones. Es fantástico. Porque se demostró que este grupo de jugadores jóvenes está muy consustanciado con la camiseta y si hay que recurrir a otros argumentos que no sean los de jugar bien, están capacitados para conseguirlo.
Aposté unos boletos por el Uruguay del maestro Óscar Tabárez y voy a seguir haciéndolo. Ya demostraron varias veces que se puede creer.
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