SEBASTIÁN AUYANET
Antes, una banda que quebró y resignificó las bases de un género. Después, un grupo de ególatras en pleno caos relacional, crisis de identidad y discos intrascendentes. Hoy, un gigante del rock mundial que termina de salar sus heridas y regresa.
Hasta ahora, lo mejor que Metallica dio en el nuevo milenio no fue un disco, ni una canción ni un video.
La banda que en el año 1986 redefinió las configuraciones del heavy metal y el thrash con el disco Master of puppets; la que llegó a las 15 millones de copias vendidas con el álbum Metallica (el famoso álbum negro) en 1993 y la que señaló mojones de su carrera como los alternativos y más "livianos" Load y Reload (1996 y 1997) o el celebrado S & M, grabado con la Sinfónica de San Francisco y considerado uno de los pocos experimentos exitosos de mezcla entre sinfónica y banda de rock, entró al siglo XXI con una película.
Some kind of monster, lanzada casi con timidez en el año 2004, se convirtió en uno de los documentales más fuertes y reveladores en la historia de la música rock. En ella se retrata a una banda a punto de convertirse en un cadáver, sin más.
Comida por el virus del egocentrismo de sus dos cabezas principales, el cantante y guitarrista James Hetfield y el ba- terista Lars Ulrich, Metallica afrontó las sesiones del disco St. Anger (editado en 2003 y el primer trabajo del grupo después de seis años) sumergida en peleas, la salida de su bajista Jason Newsted y una terapia psicológica con un entrenador-terapeuta mostrada sin censura. Hetfield, además, encaró en medio de las grabaciones una estancia de 10 meses en un centro de rehabilitación para combatir su alcoholismo y sus ataques de furia.
Lo que salió de esas sesiones no fue precisamente bueno. St. Anger es un disco sin identidad, dirección ni canciones con suficiente voltaje como para enganchar ni a los fans, aunque llegó a los dos millones de copias vendidas. En un afán por sumarse a un estilo musical ya rancio en aquellos años como el nü metal, incorporaron extraños sonidos nuevos y sumaron al estéticamente descolocado Robert Trujillo, que poco tenía que ver con el estereotipo del "músico de Metallica" con su look latino y su trenza, como sacado de una de aquellas agrupaciones.
Pero Trujillo bancó la parada y, de gira en gira, la banda reconstruyó su confianza. Los deslices siguieron: hace algunos años cancelaron con entradas ya vendidas una gira por Sudamérica con la excusa de que su contador les había asegurado que perderían dinero.
Hoy, el periodista Ben Ratliff del New York Times cuenta que Metallica comenzó a desempolvar sus viejas grandes canciones para sus giras europeas. A la hora de sentarse a preproducir el nuevo trabajo, hoy ya conocido como Death Magnetic, pensaron en Rick Rubin, el productor definitivo de la industria de la música estadounidense, con trabajos firmados para bandas como los Red Hot Chili Peppers, Neil Diamond, Johnny Cash o los ex competidores de Metallica, Slayer.
Rubin propuso lo mismo. "Les pedí como primera tarea que no se pensaran como Metallica", explica el productor. "Les pedí que se pensaran co-mo una banda sin ningún "hit" sobre el que apoyarse y a qué sonaría eso".
Eso llevó al grupo a mirar al pasado. Rubin les dijo que Master of puppets era su mejor trabajo y que quizá deberían comenzar a trabajar ese sonido un poco más. "Como si eso hubiera sido la mitad del material que debían al sello. ¿Cómo tendría que sonar la otra mitad? No puedes hacer esas canciones, ya están hechas. Pero el ejercicio era componerlas con ese espíritu, en ese modo".
Así, y coincidiendo con la idea de la banda de tocar íntegro ese disco en sus giras de 2006, celebrando el aniversario número 20 de su lanzamiento, Metallica comenzó a crear en la previa de esos shows. "Las mejores ideas salen en los treinta segundos después que te enchufás al amplificador", sostiene Hetfield. Así que la banda decidió grabar todo lo que salió de las breves sesiones de calentamiento previo a cada concierto, completando en total unas 60 horas de riffs, punteos e improvisación. En un principio, según Ulrich, el disco iba a ser mucho más desparejo y las canciones llevarían el nombre de las ciudades de donde salieron esos sonidos: Glasgow, Riga, Bucarest y un largo etcétera.
Pero el resultado fue bastante diferente. Los riffs se volvieron canciones que sí recuperaron el "tempo", es decir, la velocidad y la verticalidad de esas viejas canciones de Metallica en años del bajista Cliff Burton, fallecido en un accidente que la banda sufrió en Suecia en 1986. Pero también se concilian ambos sonidos. Entonces, el guitarrista Kirk Hammet vuelve a puntear con velocidad su Gibson Flying V pero también visita los riffs menos pirotécnicos de los años noventa, que enganchan uno y otro pasaje de música.
La relación entre los músicos es mejor, y todos reconocen que haber reducido la ansiedad por estar siempre un paso adelante de lo que habían producido les ha quitado bastante peso. En otras palabras, la vieja arma de saber mirar hacia atrás para poder mirar hacia adelante. "Estamos más calmos a la hora de tocar".
"Ya no se trata de si podemos tocar cierta música o de cuál tenemos que tocar. Somos mejores", asegura Hetfield, hoy con una apuesta a volver al primer plano del rock mundial bastante más seria y con chances. ¿Será que el mundo del rock finalmente habrá recuperado a Metallica?
El disco en internet
No se trata de la dirección o el programa ideal para bajar Death Magnetic de Internet en forma ilegal, sino de la innovadora web especialmente desarrollada por el grupo para promocionar el nuevo trabajo. Mission Metallica, ubicable en el sitio oficial del grupo (www.metallica.com), es una novedosa puerta a la trastienda de la grabación del disco. En ella hay videos, cientos de fotos de las sesiones, extractos de grabaciones y pistas en crudo y más material. Metallica, siempre interesada en las entregas especiales para sus fans como la popular Metallica Box, definió un producto previo más que interesante que vale la pena chequear.
Diez canciones largas, complejas y que prometen recuperar terreno
Metallica corre y se frena. Vuelve a correr y se permite levantar un poco el pedal. Y queda claro que aquello que hace algunos años se decía sobre la edad de estos jinetes del rock y su falta de velocidad para tocar reflejada en discos como Load o Reload era más una opción estilística que una consecuencia del paso de los años. Hetfield y Ulrich podían acelerar cuando quisieran, y cuando no renegaran de ello.
Y este disco -al fin- parece encontrarlos en esa frontera entre ambición y respeto a las raíces que conforma a fanáticos y escépticos.
Death Magnetic, el disco que el próximo viernes llega a las tiendas en el hemisferio Norte, tiene canciones de siete, ocho y diez minutos. En su mayoría son canciones donde se recupera el pulso de los primeros discos de la banda, matizados con secciones instrumentales sin tanto punteo ligero, en el que la banda deja espacio a que los instrumentos prescindan de la voz de mando de Hetfield que, por cierto, se oye más pulida y restaurada incluso que en aquellos primeros trabajos.
La perla del disco, de todas formas, es la tercera versión de The Unforgiven, algo con lo que seguro ni los seguidores más compulsivos esperaban que la banda insistiera.
Introducida por un piano, extensa y en sintonía con las baladas anteriores que aparecieron en los discos Metallica y Reload. En esta nueva y agresiva balada poderosa, quizá la mejor lograda de las tres, el disco descansa para la tormenta de riffs finales.