Se ha dicho alguna vez, que la política en EE.UU. es aburrida. Que la falta de pasión y el exceso de marketing le quitan mucho del color que suelen tener las campañas electorales en nuestros países. Más allá de que eso -en vista de los resultados contrapuestos- sea bueno o malo, esta carrera hacia la Casa Blanca está cumpliendo con la promesa de ser una de las más interesantes en muchos años.
No hay duda de que gran parte de este interés se encuentra potenciado por la figura de Barack Obama. El senador de Illinois viene confirmando que no se trata de un producto de asesores de imagen, y en la convención demócrata de la semana pasada demostró muchas de las cualidades que lo han convertido en un verdadero revulsivo de la política estadounidense. Tras lograr lo imposible, derrotar a un peso pesado de su partido como Hillary Clinton, y de haber completado una gira por Europa al mejor estilo de una estrella de rock, Obama enfrentó el paso formal de aceptar la postulación con una fuerza asombrosa. Su discurso, de más de una hora y sin "teleprompter" aparente, fue una pieza de oratoria brillante, y una declaración de principios transparente.
Si bien en el mismo confirmó que sus propuestas impulsan una mayor injerencia estatal en la actividad económica, sus palabras por momentos lo alejaron del paladín cuasi socialista que muchos analistas han querido ver en él. "Tenemos que admitir que los programas estatales no pueden reemplazar a los padres, que el gobierno no puede apagar la televisión y hacer que un niño termine sus deberes. Responsabilidad individual, y responsabilidad mutua, esa es la esencia de la promesa americana", señaló en uno de los momentos más aplaudidos de su discurso.
Más adelante repitió que "el gobierno no puede resolver todos nuestros problemas, pero debe hacer lo que no podemos hacer por nosotros mismos", lo cual junto a su promesa de eliminar impuestos a las rentas de capital de empresas pequeñas, sus duras críticas a la burocracia y su declaración de que recortará los impuestos al 95% de las familias, porque "la última cosa que se debe hacer es aumentar los impuestos a la clase media", serían suficiente para que fuera tachado de neoliberal insolidario por algún analista compatriota.
Pero para demostrar que siguen dando pelea, los republicanos no se quedaron quietos, y el día siguiente del acto consagratorio de Obama en Denver, dieron la gran sorpresa al anunciar el compañero de fórmula del candidato John McCain. Se trata de Sarah Palin, una joven gobernadora de Alaska, desconocida para el gran público, pero con antecedentes resaltables. De hogar humilde, fue concursante de certámenes de belleza, gracias a uno de los cuales se ganó una beca que le permitió completar su formación universitaria en periodismo y administración de empresas.
El hecho de haber sido "Miss Simpatía", contrasta con el apodo de "Sarah Barracuda", con el que era conocida en sus épocas de jugadora de basquetbol, sus antecedentes como pescadora comercial, y su férrea actitud en política. Cuando llegó a la gobernación, supo denunciar a su predecesor (también republicano) por negocios espurios, y puso a la venta en internet el avión que aquel había comprado para la oficina. Pese a su posición "tradicional" en aspectos como el aborto, la tenencia de armas o el cambio climático, su cercanía al mundo sindical, y sus varios roces con las jerarquías republicanas, hacen que sea un personaje muy diferente al que esperaban los expertos.
Ante la falta de empatía de McCain con el ala más dura de su partido, se esperaba que su vice fuera alguien más próximo a la derecha religiosa, como el mormón Mitt Romney, con lo que la elección de Palin es una apuesta audaz. La apuesta que se ve preocupa a sus rivales, como muestra la violenta campaña de ataques y rumores que se lanzó contra la vice por el embarazo de su hija de 17 años, lo que revela que los demócratas también saben usar las tácticas de "enchastre" que tanto criticaban en Karl Rove y demás asesores de George Bush.
Todo esto indica que la escena política estadounidense ha virado su eje más al centro, y las encuestas prometen una campaña luchada, de la que seguramente saldrá fortalecido el sistema político de aquel país, que en momentos de crisis e incertidumbre económica, vuelve a mostrar un dinamismo y una capacidad de regeneración que justifican la vigencia de la democracia más antigua del mundo.