Despejando un enigma

Hebert Gatto

Es común estimar que el éxito económico es condición necesaria, aunque no siempre suficiente, para que un gobierno obtenga la adhesión de su población. En este sentido, el hecho que durante los últimos cuatro años, proyectando el que corre, el Uruguay, superando cualquier antecedente histórico aumente su producto más de un treinta por ciento, supone un resultado tan espectacular, pese a sus falencias distributivas, que debería asegurar a la actual administración un apoyo clamoroso.

No es esto, sin embargo lo que, de acuerdo a las encuestas, está sucediendo. Más bien todas coinciden en mostrar que la coalición gubernamental ha perdido alrededor del veinte por ciento de apoyo, con una tendencia leve pero sostenida, a acentuar esa caída. ¿Cómo explicar esta atípica actitud de la ciudadanía?

No resulta válido argüir, como se hace, que las mediciones sólo revelan el desgaste inevitable del partido que ejerce el gobierno, lo que no es más que una petición de principios que haría inviable cualquier reelección. Ni cabe argumentar que priman otras variables tan fuertes como la antipatía a la figura del primer mandatario, como ocurre en la Argentina o en los EE.UU., dado que es notorio que en Uruguay el apoyo al presidente se mantiene intacto. Menos ocurren aquí enfrentamientos sociales inmanejables o desbordes institucionales, como en Venezuela, Bolivia o Ecuador, que cuestionen la legitimidad del gobierno.

Tampoco resulta sostenible, como surge de una encuesta publicada recientemente en Búsqueda, que si el candidato del Encuentro, sea Mujica o Astori, estuviere designado, el resultado mejoraría para esta fuerza mientras descendería fuertemente el apoyo al Partido Nacional. Es posible que este escenario modifique la actitud de algún indeciso, pero no alcanza para explicar tales diferencias. Mucho menos justifica que ese hipotético crecimiento de la izquierda se consiga, en detrimento del nacionalismo y por el solo efecto de nominaciones.

Sospecho, que el desapego hacia la coalición se relaciona con factores ideológicos que aún operan en su seno. El proyecto Vázquez-Astori implementado en estos años, más allá de virtudes y defectos, tiene un claro diseño socialdemócrata. Aun cuando haya diferentes formas de adherir a esta concepción de capitalismo atenuado, la misma es rechazada por muchos frenteamplistas, cualquiera sea su partido.

Incluso, me atrevo a decir, por la mayoría de los mismos, que, sin otras opciones, encuentran en Mujica -un hombre consustanciado con la épica de izquierda-, la mejor alternativa al proyecto oficialista. El que incluso comienza a percibirse como ajeno al propio Vázquez. Paradojalmente este proyecto tampoco conforma a quienes votaron a la coalición sin compromisos ideológicos y ven en el protagonismo sindical, la reforma educativa, la política impositiva y fundamentalmente en el surgimiento de dos modelos en equilibrio inestable, uno incluso apoyado por radicales y liderado por una figura ambigua, un futuro incierto.

Ello explicaría como, pese al relativo éxito económico, la fuerza gobernante, abandonada por moderados, ve disminuir sus adhesiones. Lo que no debería sorprender a una izquierda que por décadas hizo de lo ideológico su marca de identidad.

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