Antonio Mercader
Después de lo ocurrido con Líber Prudente es difícil que un árbitro uruguayo vuelva a suspender un partido por la tardanza de un equipo. Salvo que sea un partido a puertas cerradas, siempre se dirá que fue imprudente suspenderlo porque el público podía reaccionar con violencia. Ante ese pobre argumento olvidemos la puntualidad y sigamos con ese malentendido nacional de que llegar tarde es algo aceptable.
El problema no es sólo del fútbol pues la impuntualidad impregna las actividades del país empezando por las políticas y de gobierno que debieran ser un modelo. A los legisladores les cuesta iniciar a tiempo sus sesiones como lo resaltó el frenteamplista Enrique Pintado, presidente de la Cámara de Diputados en 2007, quien dos veces hizo las de Prudente para estimular -con relativo éxito- la puntualidad de sus pares.
Otro caso frecuente es el de los ministros de Estado que suelen arribar tarde a los actos públicos, defecto que fastidió a más de un presidente de la República, en especial a Luis Alberto Lacalle, un adicto a la puntualidad.
Si arriba son así las cosas, hacia abajo abundan los tics sociales reveladores del problema en un ambiente en el cual, por citar un par de ejemplos, nadie quiere ser el primero en llegar a una comida y pocos -comenzando por la novia- respetan el horario de un casamiento religioso. La tolerancia a las demoras nos tiene aletargados al punto que nos resignamos a que el ómnibus pase con retraso o soportamos sin chistar que los programas de TV empiecen a deshora.
Llegar tarde es elegante, deben pensar quienes comparten aquel dicho que asegura que la puntualidad es la virtud de los pobres. Ser puntual no cuesta nada. En cambio, la impuntualidad cuesta. Bien dicen que el tiempo es oro, y es mucho el que este vicio colectivo nos hace perder. Derrocharlo es "malgastar la tela de la vida", escribió Benjamín Franklin.
En algunas sociedades -Japón y Alemania son un emblema- rige la regla de tolerancia cero. Quien incumple un horario cargará el estigma del descortés. Ciertos estudios prueban una relación entre desarrollo e impuntualidad: cuanto más próspero es un país, más atenta al horario está su gente. Un dato sugestivo de algunos historiadores es que un factor de atraso del mundo musulmán, otrora cabeza de la civilización, fue su rechazo a usar el reloj por considerarlo un invento occidental y cristiano.
Es que la Historia, incluso la del fútbol, brinda enseñanzas en la materia como lo prueba un episodio sucedido el 24 de junio de 1950, al inaugurarse, en el estadio de Maracaná, el campeonato mundial con el partido entre Brasil y México. Ese hecho también involucró a un árbitro, el inglés George Reader, quien fue presionado por los organizadores para que pospusiera el pitazo inicial a la espera del presidente brasileño, Eurico Gaspar Dutra, y sus ministros, quienes venían demorados. Con puntualidad británica, Reader hizo caso omiso a las presiones y empezó el partido en hora.
Esa decisión sirvió de escarmiento ya que el 16 de julio, el día de la final entre Uruguay y Brasil, Dutra y su corte llegaron al palco oficial con media hora de anticipación.
Admirados por la puntualidad presidencial, inusual en el país norteño, los comentaristas locales dijeron entonces que el árbitro Reader le había dado al gobierno y pueblo de Brasil una lección inolvidable. Ignoraban que minutos después la selección uruguaya les daría otra, también inolvidable pero más dolorosa y puntual.