Primero fue el tabaco. El superior gobierno que nos gobierna aprobó una norma y prohibió fumar en lugares públicos y hasta realizar publicidad de cigarrillos en medios masivos de comunicación. No tuvo que explicar mucho. Fumar era perjudicial para la salud y si algo era capaz de hacernos mal, allí estaría el Estado para salvarnos de una muerte, fuera ésta segura o probable.
Parecía difícil, pero en poco tiempo los uruguayos se adaptaron a la nueva normativa. Encender un cigarrillo en un lugar cerrado dejó de ser algo normal para parecerse a un crimen. Los fumadores perdieron espacios y debieron conformarse con fumar en las afueras de sus trabajos, en la vía pública o puertas adentro de sus hogares. Dijeron que se les estaba restringiendo la libertad. Y a nadie le importó demasiado. ¿Cómo podían defender el cigarrillo con un argumento tan pobre?
El gobierno ganó la batalla. Desde el exterior llovieron elogios a su política antitabaco y el mismísimo presidente Vázquez fue felicitado y premiado por liderar esta ofensiva.
Quizá fue entonces que el primer mandatario o alguno de sus muchos asesores resolvieron que el camino de esta administración estaba trazado. Bastaría, en el futuro, con prohibir todo aquello que hiciera mal o que pudiera hacerlo. Las libertades de los ciudadanos quedarían en un segundo plano. Se trataba de defender a los uruguayos. Incluso, de sí mismos. Y de sus derechos.
Ha tocado ahora el turno al alcohol. El superior gobierno ha determinado que debe ser gradualmente erradicado de nuestras vidas. No basta con que no se venda alcohol a menores. Hay que ir más lejos. Hay que evitar que se vendan bebidas con alcohol en las estaciones de servicio. Hay que restringir fuertemente la publicidad del alcohol. Hay que eliminar al alcohol de todo lo que tenga que ver con jóvenes, con deporte, con éxito. Hay que hacerlo. El Supremo así lo ha resuelto.
De pronto, el Estado (que produce whisky y otras bebidas espirituosas) ha establecido que el alcohol es el culpable de buena parte de nuestros males. El gobierno progresista, el mismo que ha mantenido desgravadas de Imesi a algunas bebidas alcohólicas para no perder votos en determinadas zonas del país, quiere hacernos creer a todos ahora que esas mismas bebidas y otras son las culpables de casi todo lo que nos pasa.
Por eso, prohíbe. ¿Qué seguirá después? Los autos, para reducir los accidentes. Las esquinas, para que no haya choques. Las carreteras, para evitar colisiones frontales. Los gatos negros, para erradicar la mala suerte. ¿Y luego? La comida rápida, porque el gobierno quiere que comamos más sano. La siesta, porque el Supremo quiere que salgamos a caminar. El chocolate, porque el gobierno cuida nuestro hígado. El café, porque esta administración nos quiere despiertos, pero no demasiado. El fútbol, porque de la forma en que juega la selección puede, como el cigarrillo, ser perjudicial para nuestra salud.
¿Y la soberbia oficial? ¿Y la incoherencia de quienes defendían las libertades y ahora las restringen militantemente? ¿Y las faltas de ortografía y palabrotas con que hablan algunos líderes de izquierda? ¿Y los impuestos que gravan las jubilaciones de los que hemos trabajado una vida entera? ¿Y el ingreso indiscriminado y constante de nuevos funcionarios públicos, que el Estado no necesita? ¿Y el aumento irresponsable del gasto público? ¿Y la delincuencia, que a los viejos nos tiene recluidos en nuestras casas y a todos hace vivir con miedo? ¿Y la ineficiencia de sus ministros para solucionar lo que cuando pidieron el voto dijeron poder arreglar? Eso, señor presidente, ¿cuándo lo va a prohibir?
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