Sea ministra, señora

Fueron tres tiros. Al pecho. El chaleco antibalas amortiguó los impactos, pero no pudo evitar que el agente Wilkerson Saldanha cayera de la moto en la que viajaba. Aquella noche, que para él sería la última, realizaría un servicio 222 en Carrasco Norte. Necesitaba el dinero. Como desde que llegó a la capital desde su Artigas natal. Pero más que nunca, porque ahora su esposa tenía tres meses de embarazo.

En la calle, conmocionado por los disparos, el policía quedó a merced de sus asesinos. Ellos le quitaron el arma de reglamento. Y con ella le ejecutaron con frialdad, dejando huérfano a un niño que todavía no ha llegado al mundo y truncando los sueños de una familia que aquella noche quedó, para siempre, herida de muerte.

¿Cómo no entender la legítima indignación de sus compañeros, que salieron de inmediato a la caza de los responsables? ¿Cómo no comprender a esos hombres a los que los noticieros de televisión mostraron arriesgando la vida, mientras entraban fuertemente armados a zonas habitualmente vedadas para las autoridades para encontrar a los asesinos de Saldanha? ¿Cómo no entender la emoción que quebraba la voz del comisario para quien el malogrado policía había servido, cuando dirigía personalmente los operativos para dar con los criminales?

La muerte, pero más que nada la vida de Saldanha, merecen este despliegue. Y ameritan que la Policía mueva cielo y tierra hasta encontrar a quienes cometieron este horrendo crimen.

Pero la sociedad en su conjunto necesita que la Policía sea igualmente sensible a todos los crímenes y delitos que están sacudiendo a los uruguayos en su conjunto. Porque cada vida importa. Porque cada vez que un delincuente termina con la vida de uno de nosotros, todos nos sentimos un poco más inseguros. Porque cada vez que muere un policía todos somos menos libres. Pero también lo somos cuando quien muere es un comerciante o un trabajador que salió de su casa y que ya no regresará.

"Nadie esconde a quien ha matado a un Policía", se dice y repite desde mis años mozos. Y todos sabemos que es así. Por eso, cuando quien muere es un uniformado, las horas de quienes cometen un crimen están contadas. ¿Por qué no sucede lo mismo cuando quien cae abatido por la delincuencia no es un policía? ¿Por qué no sale con la misma ansiedad a buscar a los responsables? ¿Por qué las fuentes policiales no proceden en uno y otro caso de la misma forma y sienten que pueden cobijar a unos asesinos y no a otros?

¿Qué pasaría con numerosos crímenes perpetrados en los últimos tiempos y jamás aclarados si la Policía tuviera desde el comando y fundamentalmente desde el Ministerio del Interior, la orden clara e inequívoca de proceder con igual determinación en todos los casos, implementando una auténtica "tolerancia cero" para todos los homicidios que se cometen en el territorio nacional?

¿Qué sucedería si la ministra de Interior, que viajó a la asunción del presidente de Paraguay en lugar de enterrar como correspondía los restos del infortunado policía abatido por la delincuencia, ejerciera el cargo para el que fue designada y entendiera que la sociedad le está demandando una acción más decidida de respaldo a los uniformados para que los delincuentes no sientan que se puede matar, rapiñar o copar impunemente en este país?

Es hora, señora ministra, de ejercer el cargo o de cederlo a quien pueda hacerlo. Es tiempo de actuar. Lo reclama la Policía a su mando, que no está para enseñarle equitación a usted sino para protegernos a todos en nuestros DERECHOS HUMANOS y lo demanda la sociedad toda que -aunque usted no lo haya notado- la está mirando.

elpepepregunton@gmail.com

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