ÁLVARO CASAL
Iba avanzando lentamente en un auto destartalado. Algo palpitaba en forma enfermiza dentro de las vísceras de aquella máquina que había conocido tiempos mejores. Sin embargo, nada empañaba el "verano indio". Esa estación del Norte de América del Norte que presagia el invierno. Con días calurosos, noches frías y follaje enrojecido poco antes de que caigan las hojas y vengan las nieves.
Era a fines de los años ochenta. El auto me internaba en Vermont. Iba a la búsqueda de Alexander Solzhenistyn. Aparentemente estaba muy cerca de la casa de este coloso de la literatura y el anticomunismo, asilado lejos de su Rusia natal. Finalmente avizoré un pequeño almacén, me detuve y pregunté. El encargado confirmó que estaba muy cerca de Solzhenitsyn. "Sí, algunas veces ha venido hasta aquí", dijo. "Compra algunas cosas, habla poco y se va".
El hombre señaló hacia la casa del escritor. Miré y no vi nada más que un tupido bosque de pinos. Aparentemente, la casa estaba más allá de todo eso y del portón aherrojado con candados. Imposible llegar. El almacenero pareció satisfecho con mi frustración y para ahuyentarme más, agregó: "A veces pasan muchas semanas sin que salga de allí."
Solzhenitsyn ha muerto. En una crónica de Mario Vargas Llosa escrita con tal motivo, leo que él también estuvo buscándolo por aquella región del Estado de Vermont donde se refugió entre 1976 y 1994. Vargas Llosa descubrió algo más que yo: que los lugareños protegían la privacidad del gran ruso. Hasta le dijeron: "Lo mejor que puede usted hacer ahora es irse".
Recordando estas cosas uno se pregunta si aquello no revelaría un caso más de inquietud ante lo que era capaz de lograr el largo brazo de los servicios secretos soviéticos. Servicios que sirven a nuevos amos pero que siguen activos. Quizás ello haya motivado que en Moscú se haya frustrado mi intento de llegar a Mikhail Gorbachov. Era el año 2000 y el imperio soviético se había desmoronado, pero hallé barrera tras barrera. Gorbachov estaba cerca pero distante.
Cuando Arthur Koestler se apartó del comunismo y en "El cero y el infinito" escribió testimonios escalofriantes acerca de los terribles procesos de Moscú, tuvo que irse a Londres donde vivió años en un apartamento rodeado de rejas y dispositivos de seguridad.
Tampoco se puede olvidar el caso Trotsky. El había integrado el círculo de los revolucionarios que hicieron caer la dinastía zarista. Había actuado junto a gente despiadada como Lenin y Stalin. El día que cayó en desgracia comprendió que debía alejarse y protegerse. En 1937 encontró refugio en México donde vivió rodeado de medidas de seguridad. Pero había sido sentenciado a muerte en ausencia por una corte soviética. Un agente secreto de Moscú pacientemente se ganó la confianza del vocero de la "revolución permanente" y finalmente logró asesinarlo de un hachazo.
Alexander Solzhenitsyn tuvo más suerte. Si bien sufrió mucho a manos de los comunistas de su país, finalmente logró zafar de sus garras y vivir libre y admirado hasta los 89 años. Quizás le ayudaron la experiencia obtenida, el conocer la duplicidad de quienes tratarían de acercársele y hasta la solidaridad de esa gente de Vermont que supo ayudarlo a aislarse y espantar intrusos, aunque tuvieran aspecto de periodistas inofensivos viajando en autos destartalados.