JORGE DA SILVEIRA
Presenciar unos Juegos Olímpicos permite siempre, entre otras cosas, tener cerca a quienes ve a menudo por televisión como grandes protagonistas del deporte mundial.
Ir al Cubo de Agua y ver a ese fenómeno de Michael Phelps ganar medallas de oro y bajar récords mundiales y olímpicos con una facilidad asombrosa, observar a los mejores en cada actividad.
Siempre tuvimos una cierta predilección por Rafael Nadal, que se incrementó en estos días con el trato directo. Es un deportista cabal. Nunca protesta, no hace gestos fuera de lugar, se refiere a Federer con un respeto increíble, trasunta su admiración por alguien al que derrotó el doble de veces de las que le tocó perder, es humilde, atento, solidario y de una sencillez llamativa. Se fue a vivir a la Villa Olímpica, lo que, en cambio, no pudo soportar Federer.
Tenemos claro que no es un dechado de virtudes en lo técnico. Pero suple sus carencias con una entrega excepcional y un temperamento admirable.
Federer técnicamente es mucho más que Nadal. Hace todo fácil y bien. Pero la fuerza mental de Nadal lo quebró, en especial después de la final de Wimbledon, al punto que expresó que ya no sabía qué hacer para ganarle. El suizo no se recupera de ese traspié y ya perdió el número 1 que ostentó más de cuatro años. El viernes pasado derrotó en Beijing a Djokovic en memorable partido en tres sets.
El serbio es más técnicamente, saca mucho mejor, es preciso en sus golpes, pero mentalmente es menos fuerte que el español.
Nadal, agotado por tremenda seguidilla de compromisos de enorme exigencia, no llegó bien a estos Juegos. Perdió en Cincinatti con Djokovic porque estaba fundido. Por el oro olímpico pudo sobreponerse a un accionar superior del rival y lo venció por fuerza mental, convicción profunda, y un enorme sacrificio desde el punto de vista físico.
Quedó claro que el serbio era más físicamente, que estaba más preciso por su jerarquía técnica. Nadal parecía cansado, sin la claridad mental y fuerza habituales. Pero ganó el Super Nadal pues se mantuvo bien anímicamente, controló sus nervios, gobernó la ansiedad y puso todo su temperamento.
Es un auténtico crack.