MARCELLO FIGUEREDO
Los tupamaros están un poquito ansiosos. No han podido esperar una semana, que es todo cuanto nos separa del 24 de agosto, y han dado rienda suelta a la nostalgia antes de tiempo. Un repentino brote de tupalgia, pues, ha dejado al desnudo el corazón de dos ex guerrilleros y nos ha venido de perillas para recordar que en este país el pasado sigue cotizando mucho más que el presente, mucho más que el futuro. Primero ha sido José Mujica, que no ha querido irle en zaga a Eduardo Galeano, y ha anunciado que también él estampará su firma para anular la Ley de Caducidad. Olvidémonos, entonces, de todo cuanto el inefable Pepe ha dicho sobre las cuentas del pasado. Olvidémonos de ese rapto de lucidez, o de sabiduría, o de humildad, que en su momento nos tragamos como un sapo: "hasta que no estemos todos muertos esto no se arregla". Nones. Mujica está vivito y coleando y quiere revancha. O en la mejor de las hipótesis, no quiere perderse el voto de los revanchistas, que para el caso es lo mismo.
Lo cierto es que ahora el senador vocifera que está podrido de desfilar por los juzgados. Y entonces, muy salomónicamente, le han vuelto las ganas de hacer desfilar a otros.
Paréntesis: de todas las causas con que alguien pueda embanderarse aquí y ahora, ninguna resulta más patética que la anulación de la Ley de Caducidad. ¿Por qué? Porque no hay nada peor que un mal perdedor (excepto un político mal perdedor, claro). Lo dice un ciudadano que hace 20 años firmó esperanzado en la calle Rondeau, y en abril de 1989, cuando ganó el voto amarillo, se fue a llorar al cuartito.
Perdimos, señor Mujica. ¿Se acuerda? Y antes de pensar que esta columna es un invento de la prensa opositora que quiere embarrarle la cancha justo cuando arranca su campaña rumbo a la presidencia, puede pedirle a algún amigo de la Corte Electoral que revise aquellas históricas papeletas para comprobar que no miento: AZB 14599. Como tantos otros uruguayos, yo firmé, voté verde, y luego acaté el resultado.
Ahora volvamos a la tupalgia de esta semana. A diferencia de Mujica, Eleuterio Fernández Huidobro no quiere anular la Ley de Caducidad, pero al Ñato también le fastidia andar perdiendo el tiempo por los juzgados. En la puerta de uno, justamente, Xavier Lasarte lo sacó de quicio con sus preguntas, el senador se fue de boca y terminó reconociendo que a veces lo que corresponde es mandar a ejecutar a alguien. Casi llamo a Canal 12 para pedir el replay. ¿Ejecutar, dijo? Sí. Hablaba de Amodio, y le brillaban los ojitos de nostalgia. Es lógico: debe ser mucho más estimulante ejecutar, o mejor dicho mandar a ejecutar, que sentarse en el Parlamento a trabajar. Ha de generar mucha más adrenalina que negociar, votar, ganar, perder u otras estupideces burguesas.
En fin. En algo hay que darles la razón a estos excitados señores. La campaña electoral ha comenzado, y ya despierta en nuestros políticos la nostalgia de los buenos tiempos: todos contra todos, otra vez.
Y ahora los dejo. Me voy a revolver casetes a ver si encuentro unos oldies de los años duros, tipo Cielito de los muchachos, así me hago ejecutar lentamente por Daniel Viglietti. Para no desentonar, digo.