Delito y violencia: realidad que estremece

Alfonso Lessa

La violencia se ha transformado en un amargo pan de cada día. El Uruguay y su sociedad sufren con la seguridad pública y por lo tanto el gobierno tiene un serio problema con este tema. Y un problema real, que va mucho más allá de una "sensación térmica" y de presuntas campañas de desprestigio.

Pero el gobierno puede tener un problema mucho mayor aún, si las autoridades no lo asumen plenamente y se siguen trasladando culpas hacia actores diversos.

¿Realidad o sensación térmica? Esta es una vieja discusión que han puesto sobre la mesas sucesivos gobiernos y que las autoridades actuales repiten de manera poco original. Como el discurso sobre la presunta responsabilidad de los medios, con los cuales se puede discrepar de punta a punta, pero a los que no se puede culpar de lo que ocurre. Si ocultaran la realidad, ella seguiría allí, dramáticamente presente.

La semana pasada fue un ejemplo de este fenómeno: dos asesinatos a quemarropa de trabajadores en pocas horas, conmovieron a otros tantos barrios de Montevideo. Uno de ellos, incluso, tuvo como víctima a un comerciante que ya había sido baleado y asaltado y fue muerto mientras los medios estaban con la ministra Daisy Tourné, cuando encabezaba los festejos del aniversario de la Guardia de Coraceros. Y en cuestión de horas se sucedieron copamientos, asaltos, rapiñas, agresiones callejeras, destrucción de bienes por el mero hecho de destruir.

El sábado, en tanto, un ex policía fue asesinado por dos jóvenes. Una cadena sin fin de violencia que tiene asustados y hartos a los uruguayos. Hechos que son objeto de conversación y preocupación en las esquinas de todos los barrios de Montevideo, todos los días, de vecinos que no son tontos y no necesitan recurrir a los medios para saber lo que les pasa.

Por supuesto que la delincuencia no es un fenómeno nuevo y que esta violencia es resultado de procesos sociales que merecen soluciones de fondo. Más aún, si llegamos hasta aquí, es porque hubo otras políticas que no fueron eficientes. Probablemente, incluso, algunos de los hijos de la crisis del 2002 -los de las familias más excluidas- sean hoy a la vez protagonistas y los más expuestos a estos fenómenos. Y nadie duda que el extendido fenómeno de la droga y aún el explosivo consumo de alcohol entre adolescentes están directamente ligados a la violencia y al delito.

Pero más allá de las soluciones sociales y económicas de fondo cuyos resultados son difíciles de apreciar en lo inmediato, la gente común y corriente pide a gritos que la protejan.

La ministra anunció en la semana nuevas medidas, entre ellas lo que calificó como un operativo de saturación en las calles. La gente las está esperando.

La ministra -que llegó al cargo con un fuerte consenso y tiene una importante experiencia política- se ha quejado de las críticas de la oposición. ¿Pero qué esperaba? El Ministerio del Interior es el cargo político por excelencia del gabinete y ha sido a lo largo de la historia del Uruguay objeto de duros debates. Incluso más de un ministro ha debido ser relevado en polémicas que tuvieron el propio Frente Amplio en primera línea cuando era oposición.

Está claro que la seguridad pública debe responder a una verdadera política de Estado con algunos ejes que estén más allá del debate partidario.

Temas como la política carcelaria lo reclaman para romper, por ejemplo, lo que el Comisionado Parlamentario, Álvaro Garcé, califica como el "círculo maldito" que protagonizan quienes ingresan a la prisión, vuelven a delinquir y nuevamente caen presos, siempre envueltos en la violencia.

Pero por supuesto, que como ha ocurrido siempre, el tema de la seguridad pública estará en el debate electoral. El lugar que ocupe en la agenda electoral, será responsabilidad, ante todo, del propio gobierno.

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