La ministra de Interior está inquieta. Con la habilidad de quien ha estudiado teatro es capaz de ponerse su mejor cara para enfrentar a los medios con una media sonrisa y negar que en el país haya inseguridad. Pero la ministra sabe que la hay. La culpa no la tienen, como llegó a afirmar, los noticieros de televisión. No son los periodistas los que roban a un comerciante varias veces y le amenazan de muerte, hasta obligarle a hacer público su calvario para que alguien le ayude. No son los comunicadores los que un día copan con violencia la joyería de un shopping en Pocitos Nuevo, a plena luz del día y en horario comercial, y con la misma impunidad y a cara descubierta vuelven a repetir el plazo 24 horas después en Sayago. No son los periodistas, y la ministra lo sabe.
La ministra de Salud Pública está inquieta. No le gusta, y ni el maquillaje con el que suele salir en las Llamadas podría ocultarlo, que alguien se atreva a decir que la reforma de la salud ha terminado por atestar las mutualistas, donde los tiempos de espera se han multiplicado. Pero aunque no le guste, las demoras existen, y van en aumento. Lo saben todos los que son socios de una mutualista y ahora tienen que esperar mucho más tiempo para que les atienda un especialista, o les den fecha para una cirugía. Lo saben todos los que se han pasado a los seguros privados de salud, para recuperar la calidad de la atención perdida. Y la ministra también lo sabe.
El ministro de Trabajo y Seguridad Social está inquieto. Sabe que la política laboral del gobierno hace agua por todos lados. Que los sindicatos mandan y que los empresarios que no acceden a sus demandas deben prepararse para lo peor. Que nadie sabe de dónde saldrá el dinero para pagar los próximos aumentos de salarios, en un país en el que el gobierno que le ordena al privado que aumente y le fija el porcentaje de aumento es el mismo gobierno que no puede dar a sus empleados el aumento que éstos reclaman. El ministro lo sabe. Es inteligente y se da cuenta.
El ministro de Economía y Finanzas está inquieto. Sabe que los precios se le están escapando de las manos. Que los sueldos suben, pero la plata cada día alcanza menos. Que el atraso cambiario que niega, existe y se profundiza. Que los empresarios uruguayos son cada día menos competitivos en el exterior. Que el Impuesto a la Renta de las Personas Físicas, que no me canso de decir que es un Impuesto a los Ingresos Medio-Bajos, Medios, Medio-Altos y Altos (IIMBMMAA), tiene hirviendo a más de uno. El ministro lo sabe bien, aunque con tono doctoral insista en indicar que dos de cada tres no pagan, que la economía crece, que todo va mejor. También sabe que el gasto público no hace sino aumentar, y que si el viento cambia de dirección la vamos a pasar mal. Igual sale en televisión explicando que hay que pagar más impuestos para mantener el gasto público. Omite decir que nosotros tenemos que pagar más impuestos para que el Estado siga tomando gente y gastando más de lo que debe, sin reestructurarse jamás. Pero aunque lo omite, lo sabe.
Todos saben la verdad. Pero el ruido a urnas ya se siente y las encuestas marcan el compás. Parece que la consigna es hacer la plancha, llegar a las elecciones e intentar un segundo período.
La gente, que también lo sabe, ¿qué dirá?
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