MARCELLO FIGUEREDO
Tenemos al senador estadounidense Barack Obama de tour proselitista global, sobrevolando Irak en helicóptero, con cara y pose de Denzel Washington en El plan perfecto (o en DéjaVu pero sin saltar de la aeronave para salvar a ningún Val Kilmer); tocado por una kipá para congraciarse con Israel en el Museo del Holocausto de Jerusalén, donde incluso ha tenido tiempo para orar junto al Muro de los Lamentos y prometer que ambos países seguirán siendo socios y amigos y aliados; estrechando la mano de Ángela Merkel en Berlín para dejar contentos también a los alemanes, que lo vivaron como a Kennedy mientras él prometía derribar cuanto muro quede en pie entre razas, tribus, religiones y países (¿qué hará cuando llegue a la frontera con México?); explicando aquí y allá que hay que poner más fichas en Afganistán y frenar los delirios nucleares de Irán; en fin, Barack Obama en plan urbi et orbi como para que nadie olvide quién gobierna al mundo, más allá del partido político o el color de piel del inquilino de turno en la Casa Blanca. Dicen las crónicas de prensa que viaja en un Boeing 757 que parece una réplica del Air Force One, el avión presidencial en el que, de momento, sólo se pasea Bush junior. Que la caravana que lo sigue en tierra está integrada por unas 20 limusinas, y que lo escoltan a todas partes decenas de asesores y cientos de periodistas deslumbrados por su carisma. Pero el camino a Washington no es precisamente un viaje de placer, y tanto exitismo puede resultar mal consejero. Como han señalado varios analistas internacionales en estos días, el candidato demócrata precisa que alguien le recuerde que todavía no ha ganado.
Y tenemos al senador uruguayo José Mujica de tour proselitista regional, surcando el Plata en Buquebus rumbo a Buenos Aires, con cara y pose de murguista de Agarráte Catalina (la realidad imita al arte); citando a Alberdi y a Troilo en el Senado argentino; pidiéndole a los vecinos que se quieran un poco más; asegurando un día que el agua del río Uruguay está mejor que antes (porque dentro del capitalismo también hay gente viva e inteligente), pero aclarando al otro que en realidad todavía no está mejor (porque en América Latina somos unos boludos y él estaba mal informado); seduciendo a la muchachada en la Facultad de Derecho; estrechando manos en la cancillería argentina, donde tiene amigos de fierro; en fin, Mujica en plan placenta común, cautivando a audiencias varias con su consabido carisma. Dice Búsqueda que hasta lo compararon con De Gaulle.
¿Y la candidatura? Olviden todo lo que él diga sobre chanchos que no chiflan y agucen la mirada, porque el ejercicio político-semiótico del momento consiste en deducir si el ex guerrillero está dispuesto a dar esa batalla evaluando sus cortes de pelo y la evolución de su look. Aunque por ahora siga siendo el más alto exponente del país de la campera, como acaba de bautizarlo Ignacio de Posadas (en palabras de Mujica, mersas contra pitucos: qué triste, pero hacia eso vamos), en cualquier momento el carismático Pepe se trajea y vuela a Washington para hacer buena letra con Obama.