Un faro cultural

Rúben Loza Aguerrebere

En una exposición especial sobre Unamuno, en Bilbao, vi incontables manuscritos del gran escritor vasco, y en una de sus cartas decía que para hablar de algunos hombres sobresalientes bastaba con seguir sus facetas, pues ellas eran las que iluminaban el continente.

La carta de don Miguel estaba dirigida a Paul Grussac. El recuerdo viene a cuento, porque mi ambición es hablar de Octavio Paz, de quien acaban de cumplirse diez años de su adiós a todos. Y trataré de hacerlo, en consecuencia, siguiendo aquellas pautas, ya que Octavio Paz fue un faro cultural de nuestro tiempo, una voz clara como el agua, una voz necesaria.

Más que un escritor fue un continente. Sus poemas, que cobijan su gloria, al igual que sus ensayos sobre literatura, pintura, o temas históricos, sociales y políticos, están ahí, para demostrarlo. Porque, como todo verdadero escritor, fue un hombre de su tiempo, adherido a él en cuerpo y alma. Aquello que lo distingue es, justamente, su carácter de intelectual representantivo de su época, con una sed de universalidad que no se dejaba intimidar.

Octavio Paz se preguntó alguna vez por qué y para quiénes escribía sus libros. Y recuerdo que me dijo (lo conté en una lejana entrevista en EL PAÍS) que escribir es un oficio que se convierte en vocación pero acaba siendo un destino. ¿Dónde hallaba la respuesta para aquellas preguntas? Decía que, quizá, podía encontrarlas en su infancia, así como en las épocas turbulentas que le tocó vivir.

Su vida se halla entre guerra y guerra. Para decirlo con palabras de Malraux, en "el tiempo del desprecio". En otros tiempos, el asombro era un espejo del que suele hablarse a gusto, pero luego, aquel liso estanque, fue destrozado en varias oportunidades y ya no reflejó una sola sino muchas imágenes, que hoy siguen siendo una cifra de la tensión que vivimos.

En 1937, Octavio Paz fue partidario de los republicanos españoles. Pero una vez allí, fue golpeado por aquella "guerra incivil", que perturbó su sistema ideológico. En 1945 se estableció en París, que dejó indeleble huella en su vida: sintió que estaba en su patria intelectual.

En 1949 comenzó a escribir su famoso libro "El laberinto de la soledad". Leyó con entusiasmo a Gide, a Válery, a Malraux. Por esos mismos tiempos, Stalin, al decir de Paz, "consolidó su tiranía en el exterior y en el interior se tragó a media Europa". Su defensa de la duda revelaba una notable independencia de espíritu. "Aprender a dudar, es aprender a pensar", decía Paz. O bien: "aprender a sonreír es aprender a ser libres".

Por su independencia fue llamado "derechista" y también "conservador". Ambos adjetivos tan anticuados fueron aplicados a quien, adelantándose a casi todos, vio en la "perestroika" un camino de libertad, y, más tarde, tras la implosión de la URSS, escribió: "La conciencia de la ilegitimidad de su poder debe haber sido abrumadora en los últimos tiempos".

Mario Vargas Llosa sostiene que no se puede hablar de Octavio Paz sin decir que encarnó el lenguaje de la pasión. La pasión por la libertad. Obtuvo el Premio Cervantes en 1981; en 1990 el Premio Nobel. Nacido en 1914, falleció en 1998, a los 84 años. A diez años de su adiós le adivinamos ancho porvenir. Octavio Paz es el dueño de su inmortalidad.

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