BOGOTÁ | EL TIEMPO/GDA
No tuvieron tanta repercusión mediática como Ingrid Betancourt. Tampoco la significación internacional de los tres contratistas estadounidenses. Pero no les importó. A los 11 policías y militares, ex rehenes de las FARC liberados en la operación del 2 de junio, su regreso a casa estuvo lleno de abrazos, emociones por reencuentros y dolores por pérdidas. Todo elevado a la enésima potencia.
Estas once historias hablan de tres padres, dos madres, dos abuelos, dos hermanos, siete tíos y un sobrino que se perdieron el reencuentro. Pero también de tres hijos y 29 sobrinos que por primera vez se tocan con las miradas.
HOLA BRITNEY, SOY PAPÁ. Ocho años tuvo que esperar el intendente de la Policía Armando Castellanos para ver frente a frente a su hija Britney, que nació en Ibagué cuando él llevaba siete meses en cautiverio. En una carta pidió que la registraran con el nombre de la cantante de pop. Ahora, ella juega con sus primos, sobrinos que el intendente no conocía: Maicol, Gisell, Catalina, Valentina, Harold y Jaime. En este tiempo, la familia tuvo una gran pérdida: el hijo de su hermano mayor, de apenas seis años, murió tras una hepatitis en Cali.
SIN PADRE Y CON HIJO. Erasmo Romero, papá del sargento segundo del Ejército Erasmo Romero Rodríguez, murió en agosto del 2001 en el Hospital Militar de Bogotá, tres años después del secuestro de su hijo. Al día siguiente de la muerte de su padre, sus familiares le dijeron la mala nueva por radio. Su padre era agricultor y falleció de 62 años por una infección renal que padecía hacía varios años, pero que comenzó a agravarse después del cautiverio del hijo. El secuestro de su hijo también le causó depresión. En el tiempo de cautiverio nació su hijo Julián Andrés, quien hoy tiene nueve años y está en la escuela. También hay cinco sobrinos y su hija mayor, Jessica Andrea, tiene hoy 11 años.
NACIDA EN EL PEOR DÍA. El sargento de la Policía Julio César Buitrago perdió a su mamá, Amparo Buitrago, y a cuatro de sus tíos: Amparo, Rafael, María y José Buitrago. "De la única muerte que se enteró durante el secuestro fue la de mi mamá", contó Amparo, hermana del suboficial. Su gran alegría fue conocer a su hija. El mismo día del secuestro, 16 de noviembre de 1999, nació en Neiva, Íngrid Lorena, la menor de sus tres hijas.
LA MADRE NO RESISTIÓ. Con la voz entrecortada, entre la risa y el llanto, Efraín Malagón agradeció a Dios la oportunidad de poder volver a ver a u hijo, el subteniente del Ejército Raimundo Malagón, después de diez años. "Mi esposa murió al mes del secuestro de Raimundo. La pena la llevó a la tumba; afortunadamente pude resistir estos diez años de sufrimiento y de penas amargas para poderle contar a ella, cuando nos toque, que su hijo es libre", dice el anciano, de 78 años.
DE NUEVO LAS FARC. En cautiverio, el cabo primero del Ejército Amaón Flórez Pantoja supo que su tío Fidencio Pantoja había muerto, pero no que había sido un homicidio y mucho menos que lo habrían matado las FARC. Eso fue hace siete años, cuando Pantoja desapareció en Putumayo y luego le avisaron a su familia que recogieran el cadáver en un paraje. Aunque los allegados dicen que lo mataron los guerrilleros, la investigación nunca arrancó. Pero también hay buenas nuevas. Lo esperan cuatro sobrinos.
EL HIJO EN LA JAULA. Cuando el sargento del Ejército José Ricardo Marulanda Valencia regrese a su casa materna en Chinchiná (Caldas) enfrentará el vacío dejado por las muertes de su padre y dos hermanos, pero también hallará las risas de cuatro nuevos sobrinos. Su padre, José Guillermo Marulanda Buitrago, murió el 16 de noviembre de 2000, a los 68 años. No pudo superar sus dolencias cardíacas, pero lo que lo minó más fue el secuestro de su hijo. "Cuando mi papá vio a los policías y a los soldados secuestrados por las FARC, en esas jaulas rodeadas de alambres en medio de la selva, se sintió muy mal. Encendió una veladora y comenzó a orarle a la Virgen de Fátima", recuerda Esperanza, la mayor de las hermanas del sargento. Jorge Alberto y Rigoberto, sus hermanos mayores, fueron asesinados en un lapso de año y medio. Al primero, ex policía, lo mataron en Manizales el 21 de diciembre del 2006. La familia no sabe aún los móviles del crimen. Rigoberto fue asesinado cuando estaba en frente de su casa, el 27 de abril de 2005. Su madre y Esperanza le achacan su muerte a problemas personales. La otra cara de la moneda la vivió con el recibimiento de su hijo Brian José, a quien vio por última vez cuando tenía 3 años. Ahora es un adolescente de 13 años. Sus dos hermanas menores, María Eugenia y Diana, le presentarán a los cuatro hijos, de entre dos y seis años, que engendraron mientras él se perdía en la selva.
CUATRO SOBRINOS MÁS. El cabo primero del Ejército José Miguel Arteaga perdió hace cuatro años a su tío Jairo Lozano. Cuando le contaron, preguntó a su sobrina Paola Callejas por qué no le habían informado por radio y le contestaron que prefirieron no darle malas noticias. Cuando la guerrilla lo secuestró en los combates de El Billar (Caquetá, en marzo de 1998) tenía cuatro sobrinos de 18, 13 y dos de 5 años; ahora hay cuatro sobrinos más: Diana Pinto, de 9 años, Alex Pinto, de 5; Emily Santos, de 3 y Valerya Rodríguez, de 2 años. "El conocía las voces de algunos niños, como Alex, porque cuando empezó a hablar lo llevamos a las emisoras para enviar mensajes", cuenta Callejas, a quien José Miguel no reconoció porque la última vez que la vio tenía 13 años.
DIEZ MESES, DIEZ AÑOS. Cuando las Farc secuestraron al sargento de la Policía John Jairo Durán Tuay, en Guaviare, su hijo tan solo tenía 10 meses. Encontró un niño sano, grande y enérgico de 10 años. "A pesar de las cadenas, a través de fotos estuve pendiente de los cambios que registraba cuando iba creciendo. Y mi suegra, Myriam Turreago, me contaba que preguntaba mucho por mí, que veía mis fotos y las abrazaba", recuerda el suboficial. Además, el niño le envió cartas que firmó como "Tu Osito". En su cautiverio nacieron los sobrinos Michel, de nueve años y Sebastián Camacho, de tres. No los había visto ni en fotos.
MALDITO CÁNCER. Durante el secuestro del teniente del Ejército Juan Carlos Bermeo Covaleda murió una tía que estaba enferma de cáncer. En esos años su hermana María Angélica se casó y su sobrina ya tiene 11 años. "Todo eso se lo hemos contado a Juan Carlos por radio, ahora lo que queremos es abrazarlo y decirle que lo amamos", dijeron sus familiares, ansiosos por recuperar los diez años perdidos.
NO SOPORTÓ LA EMOCIÓN. Anselmo Medina, el abuelo del cabo primero del Ejército William Humberto Pérez, murió de un paro cardiaco tras conocer la noticia de la liberación de su nieto. William volvió a la vida el miércoles 2; Anselmo murió el jueves 3. Lo más trágico es que el papá del militar, Pedro Pérez, había fallecido el 20 de mayo en un hospital de Barranquilla, un día antes de que William cumpliera 36 años. Tan solo 42 días lo separaron de reencontrarse con el mayor de sus seis hijos, el enfermero que le salvó la vida a Ingrid Betancourt. Una de las últimas cosas que le dijo a su familia era que quería que William supiera que hizo todo lo posible por verlo libre.
LOS QUE NO ESTÁN. El teniente de la Policía Vaney Javier Rodríguez perdió a su abuelita, Alicia Rodríguez, tan solo 17 días después del secuestro. "Falleció de 90 años, por la preocupación que le causó el secuestro del nieto", dice Lucila Porras, mamá del rescatado. La tía Saturia Rodríguez falleció en marzo del 2000 en un accidente de tránsito. Y su hermanastro Luis Hernando Porras, de 60 años, también murió. A cuatro sobrinos no los conocía: María Paula, Juan José, Santiago y un bebé de seis meses.
El reto de regresar a la vida en familia
Después de volver a la libertad, los rescatados enfrentan el reto de adaptarse a los cambios que sus familias sufrieron con los años. Julieta Aristizábal, miembro del equipo de psicólogas del Fondo Nacional para la Defensa de la Libertad Personal, Fondelibertad, entrega una serie de consejos para ayudar en la reintregación de los rescatados a sus hogares.
Hay que preguntarles una y otra vez por el rescate, porque les permite ser conscientes de su libertad; que cuenten sus experiencias, pero sin interrogarlos sobre lo que no quieran contar; ser pacientes y no acelerar la integración de la familia; un secuestrado puede tener hasta 150 comportamientos distintos al volver a la libertad.
Los familiares deben asesorarse para manejar las diferentes reacciones; para dejar atrás la sensación de abandono, hay que mostrarles fotos y videos de eventos realizados para exigir su libertad. También entregarles registros de sucesos familiares que les permitan asimilar lo que pasó durante su ausencia.
Finalmente, es fundamental que haya mucho afecto. Ofrecerles constantemente besos, abrazos y caricias, pero sin obligarlos a recibirlos. EL TIEMPO/GDA