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Enfoque
Los Andes y algo más

Washington Beltran Storace

No sólo la cordillera separa a Uruguay de Chile. La reciente visita de la presidenta Michelle Bachelet puso de manifiesto que hay algo más grande y poderoso que se interpone entre ambos y es la diferencia radical de mentalidad, de la concepción de un país en serio y de las herramientas para encarar la búsqueda de la felicidad de sus pueblos.

Mientras Chile ha abierto sus puertas al mundo y ha firmado acuerdos comerciales con 56 países, Uruguay permanece agarrotado a un Mercosur tambaleante y cada día más difuso, transformado desde hace tiempo en simple escenario del manejo bilateral de Argentina y Brasil, que prescinde de sus socios menores. Vaciado de contenido comercial, sólo sirve para vestir pomposamente los intereses políticos de los grandes y atraer a otros gobiernos deseosos de ámbitos obsecuentes para sus discursos narcicistas y sus delirios mesiánicos.

Fue patética la reciente cumbre de Tucumán -donde Lula asumió la inútil presidencia pro tempore del grupo- en cuanto a la estrechez de miras y desvelos del Mercosur. Durante dos horas sus integrantes se abocaron a criticar en un certamen de fiereza, la reciente decisión de la Unión Europea sobre inmigración y cómo afecta a los países de la región. Ninguno se planteó que si hay emigrantes es porque en sus países o en la región, no encuentran oportunidades para vivir mejor. Y aún peor fue el final, cuando se hablaba del Código Aduanero: la delegación de Uruguay se levantó y se fue.

El gobierno socialista de Chile (Ricardo Lagos) firmó un Tratado de Libre Comercio con EE.UU., dos años después de haberse opuesto radicalmente (en el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas) al más ambicioso y funesto proyecto del presidente Bush, como fue la invasión a Irak. Ello no fue obstáculo para que se firmara el Tratado, y la soberanía de Chile permaneció incólume. El intercambio comercial pasó de US$ 6.000 millones en el 2003 a US$ 16.035 millones en el 2007: un aumento del 255%. Al igual que Lagos, Bachelet es socialista y no oculta su satisfacción por la firma de ese acuerdo: "muchos sectores del país se vieron beneficiados, desarrollo de empresas y generación de empleo. Y eso es sacar a mucha gente de la pobreza".

Lógico, los socialista chilenos nunca hubieran aceptado tener un canciller como Gargano, ni que su política comercial fuera manejada por nostálgicos de la guerra fría y el muro de Berlín (el mismo socialismo de Gargano y el Partido Comunista en su vertiente política y en la política-sindical del Pit-Cnt). Y menos hubieran tolerado que un ministro desafiara públicamente las decisiones del presidente e ironizara con sus palabras, como ocurrió con el célebre episodio de "el tren pasa una sola vez". Y, lógico también, es que Chile tiene un TLC con EE.UU. y nosotros nos conformamos con un anoréxico TIFA, que además de siglas diferentes tienen contenidos muy distintos.

Por eso, más que la cordillera, hay una mentalidad que nos separa del país más exitoso de la región, ejemplo permanente en los foros internacionales.

La segunda conclusión que nos dejó la presencia de Bachelet es el intento permanente de esta administración por bajar mensajes irreales, que confunden a la población. Con bombos, platillos y papelitos de colores se saludó la firma de un acuerdo comercial con Chile, que nos permitiría aprovechar los TLC que tiene con medio centenar de países para llegar con nuestros productos a todos ellos. Facilísimo y una muestra de la astucia uruguaya y de la torpeza del mundo desarrollado: nos quedamos con las ventajas de los acuerdos y no asumimos ninguna obligación con los países signatarios. Mediante una triangulación, vendemos a Chile y Chile coloca nuestros productos en el exterior.

Lamentablemente no es así. Los acuerdos comerciales prevén las cláusulas o certificados de origen de las mercaderías, por lo que Uruguay sólo podrá colocar en Chile y de ahí al exterior un porcentaje mínimo de ellas, según lo permitido en cada caso. Por supuesto que es un beneficio para nuestro país, pero no tiene los alcances que la falta de precisión oficial al dar la noticia, pudieran hacer creer. Es una Asociación Estratégica Comercial nada desdeñable, pero no es la panacea.

Si Uruguay quiere comerciar con el mundo -como lo hace Chile- debe hacer sus propios tratados, que incluyen derechos y obligaciones. Debe afrontar todas las responsabilidades que ello significa, y debería enfrentar todas las dificultades -internas y de vecindario- que ello implica. Pero a este gobierno le pareció demasiado, ni siquiera pudo quebrar la resistencia interna: los Gargano, los Arismendi, los Juan Castillo (no el arquero de la selección), pudieron más que la convicción y el apoyo de los sectores productivos.

Y si en la interna no hay respaldo (en Chile la ratificación parlamentaria del TLC con Estados Unidos fue prácticamente por unanimidad), se hace difícil lidiar con los vecinos. Seguiremos enarbolando una banderita que dice "más y mejor Mercosur", en la que nadie cree y llenaremos de palabras hablando de la gran epopeya del Mercosur con sus tres Reyes Magos (Kirchner -es indiferente cual- Lula y Chávez) que llegarán en algún momento para contribuir a su desarrollo y desparramar alegría entre los ciudadanos. Aunque los Reyes Magos no existen, y menos esos por más que se consideren reyes.

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