LEONARDO GUZMÁN
La decadencia nacional hunde sus raíces en los lejanos tiempos en que fuimos dejando de creer que valía la pena sentir fuerte y pensar claro.
Esa fue encomienda acuñada por Artigas, cuando reclamó garantir "la libertad civil y religiosa en toda su extensión imaginable": la "libertad civil" es el pensar de cada uno haciéndose obra, incluso antes de la libertad política de gritar contra el gobierno y hasta proferir groserías contra la oposición.
Esa es la tarea que nos impone el art. 29 de la Constitución, al establecer la libertad de "comunicación de pensamientos", "quedando responsable el autor y, en su caso, el impresor o emisor, con arreglo a la ley, por los abusos que cometieren": si cada quien responde, es que a todos se nos manda formar nuestra opinión por cuenta y riesgo personal.
Lo confirma la hondura del art. 72 de la Constitución. En él, tras recoger los "Derechos, deberes y garantías", se declara que esa "enumeración" "no excluye los otros que son inherentes a la personalidad humana o se derivan de la forma republicana de gobierno". Pues bien: en la vida, nada diferencia tanto al ser humano como la capacidad para responder racionalmente a su circunstancia, sobreponerse a su interés inmediato y definir su accionar pensando antes de actuar. Bien entendida, la tarea es continua y sin fin: ver claro, deliberar íntimamente y elegir a cada rato.
Ese trajín profundo es el que colocaron en el escenario de la modernidad los grandes trágicos, como Shakespeare y Corneille, de quien bien se dijo que describía a los hombres no tanto como eran sino como debían ser, en el esfuerzo por discurrir frente a lo adverso.
Con sus diferencias, coincidieron en llamar a pensar por cuenta propia Platón y Aristóteles, Descartes y Kant, Husserl y Bergson.
Y acá en nuestra comarca, ¡vaya si resonaron en el pasado esas convocatorias! ¿No fue acaso el ánimo de hacer pensar por cuenta propia lo que inspiró el proyecto educativo laico de José Pedro Varela? La oposición de José Enrique Rodó a la masificación y su llamado a la estética de la conducta ¿qué fueron sino esfuerzos hacia la individuación? El alerta de Carlos Vaz Ferreira contra las falacias, sumado a su titánico esfuerzo por vivificar la lógica y la filosofía toda, ¿no se inscriben en la mejor línea humanista de la fe en la función creadora del pensar?
De todo eso, décadas atrás empezamos a deslizarnos tobogán abajo. Un día importamos teorías que ven al hombre "como un distante monstruo prehistórico" y "pretenden que lo familiar es lejano y misterioso" -teorías cuyo peligro denunciaba Chesterton a través de su Padre Brown. Otro día descreímos de exigir matemáticas. Después, de la gramática. Más tarde, de la lógica. Y un día amanecimos hamacándonos entre la negación de toda verdad y la pereza mental. Tras lo cual, a la educación le reemplazamos el propósito humanista por un funcionalismo crudo, tan luego cuando los principios más afirmación necesitaban. Y terminamos dándole patente a pensar sin empuje.
Que el sentimiento personal se disuelva en la pertenencia, que la idea no se analice hasta sus últimas consecuencias y que el hombre no piense por sí mismo, son males que le hacen el caldo gordo a quienes no quieren fundar la autoridad en la competencia por el conocimiento: es decir, a quienes le tienen ojeriza y hasta miedo a la libertad.
¡Enfrentar esos males es, pues, una "cuestión de orden público espiritual" como volvería a decir Benvenuto!