Antonio Mercader
Cada año debiera recordarse el 4 de julio no sólo como la fecha patria de los Estados Unidos sino como el aniversario de uno de los más notables textos políticos de todos los tiempos: la declaratoria de la independencia de ese país redactada por Thomas Jefferson.
La entonces revolucionaria idea de que el soberano es el pueblo y no el rey, fue estampada por aquel joven e ignoto abogado de Virginia.
Su criterio de que las libertades esenciales surgen de una ley natural tuvo la misma -o quizás mayor- repercusión que la propia creación de la nación norteamericana.
Y para los políticos de todas las latitudes sigue siendo un desafío su concepción de que la finalidad de todo buen gobierno es "la búsqueda de la felicidad" de los gobernados.
¿O acaso los gobiernos son para otra cosa?
Hombre de leyes y además arquitecto, agrónomo, educador y filósofo, Jefferson fue un genio polifacético a la manera de los grandes del Renacimiento. Su casa de Monticello, un laboratorio de innovaciones, prueba el talento multiforme de su constructor, el hombre que fue dos veces presidente de Estados Unidos, pero que excluyó ese dato de la inscripción que legó para su tumba.
En su epitafio, Jefferson se adjudicó tres cosas: la declaratoria de la independencia, la ley de libertad religiosa de Virginia y la fundación de la Universidad de Virginia.
Sus ocho años de presidente y sus labores como vicepresidente y canciller le parecieron menos relevantes a este federalista fervoroso, inspirador del que luego sería el partido demócrata de Estados Unidos.
"Todo hombre y todo grupo de hombres tiene derecho a gobernarse a sí mismo", proclamó Jefferson antes de escribir la declaratoria en la que insertó el principio de separación de poderes, el divorcio de la Iglesia y el Estado, las libertades de conciencia y de expresión, y el deber del gobierno de custodiar las libertades individuales.
Defensor de la tolerancia religiosa y la enseñanza pública, fue embajador en París en vísperas de la Revolución Francesa, algunos de cuyos líderes alternaron con él y oyeron una versión de primera mano sobre la rebelión de los colonos norteamericanos contra la corona inglesa ocurrida década y media antes de la toma de la Bastilla.
Jefferson no actuó en medio de un páramo intelectual. Baste decir que entre los fundadores de la nueva nación estaban nada menos que George Washington, Samuel y John Adams, Madison, Monroe, Franklin y Thomas Paine, todos ellos productos de la Ilustración europea, estudiosos de la historia y de los clásicos, gente práctica, diligente y, dato importante, autosuficiente, es decir que no necesitaron de la política para sobrevivir.
Quisieron marcar el rumbo de Estados Unidos, propósito que los "padres fundadores", como después verificaría Alexis de Tocqueville, lograron en buena medida.
Brillar entre tantas personalidades fue mérito de Jefferson quien entendió que tan relevante como la independencia era sentar las bases de una democracia duradera.
Su declaratoria gravitó en los hitos políticos del siglo 19 como el proceso emancipador de las colonias españolas en América, incluido Uruguay.
En efecto, el fruto de las ideas jeffersonianas terminó por alcanzar a la Banda Oriental hasta imprimir su huella en documentos tan luminosos como las Instrucciones del Año XIII que portan el doble sello de José Artigas y del sabio de Monticello.