Jardín y mil flores

RICARDO REILLY SALAVERRI

Venimos de decir que las relaciones laborales encuentran en el mundo mecanismos diversos para canalizarse. Mínima actividad sindical y estatal en la máxima potencia mundial (USA), capitalismo salvaje y represión comunista en China, simple represión en Cuba o Corea del Norte (la misión del sindicalista en el leninismo es policial, no reivindicativa), panorama variopinto en la folclórica América Latina y desarrollado diálogo social en Japón (hecho a la japonesa), Alemania y los países escandinavos con copias asimiladas al mismo, en países europeos tales como España o Italia.

A tal panorama cabría agregar pragmatismo anglo-sajón en países de influencia inglesa con acuerdos sociales, como los que contribuyeron al despegue de Irlanda y "más vale ni mirar", lo que pasa en los estados africanos.

La reseña, apunta a dejar en claro que la Organización Internacional del Trabajo (OIT), a la que pertenecen más o menos todos los países del mundo, que aspiró desde 1919 a establecer un piso de beneficios laborales mundial y al tripartismo -diálogo entre empleadores, sindicalistas y gobiernos- como regla de organización social, no ha sido precisamente exitosa en el cumplimiento planetario de las razones que dieron origen a su creación.

Subrayaremos que tales buenas intenciones son totalmente compartibles, de la misma forma que, Dante dixit, de ellas está empedrado el camino del Infierno.

Dicho sea de paso, la jurisprudencia sobre libertad sindical del Comite competente de la OIT, ha sostenido que la supeditación del movimiento sindical a un partido político es una infracción a tal facultad, en la medida en que en vez de servirse a los intereses objetivos de los trabajadores, se supedita la movilización, bajo un paraguas social, a propósitos decididamente político-partidistas.

Está bien, que tampoco se puede pedir a los movilizadores sindicales una actitud vestal, pero, todos en París conocen, que los dirigentes sindicales que por aquí actúan son firmes militantes del partido de gobierno, cuando no miembros activos de la vigente burocracia política.

Lo dicho deja asentado que nada de lo que se maneja habitualmente en nuestros país, en círculos áulicos especializados o gremiales es verdad revelada; que en el mundo, yendo a los países más exitosos, la democracia es compatible con sistemas que van desde la abstención estatal, al intervencionismo, pasando por modalidades intermedias, en las que no está ausente una vocación de los empleadores y trabajadores organizados de negociar y acordar. En vez de visualizar como clase proletaria en la otra parte a un enemigo feroz.

El gobierno actual dictó, con la improvisación que le ha caracterizado, numerosas normas que iban a ser la panacea de la vida del trabajo.

Nos referiremos próximamente al Consejo de Economía Nacional, a las relaciones tripartitas en el Estado central, las empresas del Estado y los municipios.

Asimismo a como no son los consejos de salarios los que mejoran las retribuciones en una sociedad en la que, habiendo crecido por razones ajenas al gobierno la riqueza nacional, ni la fijación administrativa de sueldos privados, ni la limosna institucionalizada, ni el huracán tributario, han podido frenar la emigración, ni la fuga de capitales (según el Banco Internacional de Pagos, las colocaciones de residentes en el exterior alcanzaron un récord próximo a los 7.000 mil millones de dólares), ni abatir los niveles de pobreza.

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